Skip to main content

Full text of "Domingo A. Caillava 1922 Agreste"

See other formats


DOMINGO A. CAILLAVA 




NOVELA 


COOPERATIVA EDITORIAL "PEGASO" 


MONTEVIDEO 


1922 




AGRESTE 



Del Autor: 

SIERRAS Y LLANURAS. — Novelas corlas. - 1918. 

LA LITERATURA GAUCHESCA EN EL URUGUAY. — Sinopsis 
histórica. — 1921. 



bOMÍNGO A. CAILLAVA 


AGRESTE 

NOVELA 



MONTEVIDEO 

COOPERATIVA EDITORIAL “PEGASO” 


1 922 





AGRESTE 

I 

Entre espesos nubarrones de lormas diversas, 
agonizaba aquel día de octubre,' sereno y melan- 
cólico. Rendidas ante tanta magnificencia, las 
praderas se adormecían plácidamente, y ni un 
balido lastimero, ni un arrullo quejumbroso, rom- 
pían el místico silencio de aquella hora, quizá 
para hacer más majestuosa la grandiosidad del 
atardecer. Sólo de los llanos y de las hondonadas, 
surgía el agorero graznido de las lechuzas, satis- 
fechas de ver llegado el momento de sus noctur- 
nas excursiones. 

En la cercana loma se perfilaban aún las capri- 
chosas siluetas de un grupo de eucaliptus, ombúes 
y paraísos que, en medio de las sombras del 
crepúsculo, parecían gigantescos fantasmas allí 
situados para amedrentar a los viandantes que 
cruzaban por el camino próximo. Cierta lucecilla 
roja oscilaba entre ellos, como un faro en aquel 
inmenso piélago de tinieblas. Merced a esta opor- 
tuna guía, un viajero que iba por el camino y 
que desconocía aquellas comarcas, comprendió 



6 


DOMINGO A. CAILLAVA 


que tal luz era anuncio de vivienda humana y 
que de seguro encontraría buen albergue para 
pernoctar. Buscó la tranquera en el cerco de 
alambre que deslindaba el camino de los potre- 
ros de pastoreo y después de haberla traspuesto, 
se dirigió al paso, hacia donde brillaba la luz. 

Al acercarse, los ladridos de los perros avisa- 
ron al amo de que alguien llegaba. Por eso 
cuando el forastero detuvo el caballo, ya aquél 
se le aproximaba procurando reconocerle. 

— Con permiso, — balbuceó el que llegara. 

— ¿Quién es? — preguntó el otro. 

— Gente buena. 

— Abájese, entonce. 

El desconocido no dejó repetir la invitación. 
Desmontó con agilidad y saludó al dueño de 
casa, quien hacía lo posible por observar las 
facciones del viajero aunque no le era dado 
verlas por la obscuridad que se extendía en torno. 

Pidió permiso para desensillar y quedarse hasta 
el día siguiente, permiso que el amo concedió 
de inmediato sin averiguar -previamente quien 
podía ser el forastero. Sin más preámbulos, éste, 
en un instante, quitó los arreos al caballo y 
luego lo soltó en el potrero que le indicaron los 
peones. 

Minutos más tarde los dos hombres platicaban 
en el comedor como antiguos conocidos, sabo- 
reando el mate amargo, en tanto no llegaba la 
hora de comer. 



AGRESTE 


7 


El dueño de casa lo miraba con atención de 
pies a cabeza, y como vestía bien, llevaba espuelas 
de oro y plata, poncho finísimo de vicuña y no 
era mal parecido, lo trató cortésmente, pues no 
cabía duda de que ya por los modales como por 
su amabilidad, el recién llegado debía ser persona 
de posición elevada. Por lo demás, su semblante 
risueño, sus ojos claros, sus cejas negras y po- 
bladas, su bigotillo castaño bien cuidado y relu- 
ciente y sus mejillas trigueñas y sin barba inspi- 
raban, a quien las mirara, ilimitada confianza. 

Cuando se sentaron a la mesa, el amo, picado 
de curiosidad, le preguntó a donde se dirigía. 

— A muy cerquita de aquí, respondió. Voy a 
la estancia de don Manduca Junqueiro Pintos, 
que según los datos que tengo, debe hallarse a 
unas seis leguas de este lugar. 

Más o menos, — agregó el patrón. 

De seguida dirigió los ojos a su mujer, que 
estaba sirviendo, y los dos se miraron como extra- 
ñados de que aquel hombre fuera para la estancia 
mencionada . Esta mirada no pasó inadvertida 
para el viajero, quién, a su vez, los observó mi- 
nuciosamente, también extrañado de la impresión 
que el nombre de Manduca Junqueiro causaba en 
sus oyentes. 

— ¿ Lo conocen ?, — interrogó al propietario. 

— Sí, pero escasa rilación tengo con él. Al 
hombre, parece que le gustara vivir medio solo, 
pues poco se da con la gente del pago y poco 



8 


DOMINGO A. CAILLAVA 


se deja ver en reuniones de carreras o de pulpería. 

— Así me han dicho. 

— Entonce... ¿hace mucho que no lo ve, o 
que no viene por estos parajes? 

— Sí, bastantes años . . . 

El patrón, deseoso de saber qué lo llevaría al 
mozo a casa del estanciero brasileño, continuó 
preguntando : 

— Y usted ... ¿va a visitarlo ? 

— Tengo intenciones de pasar una temporadita 
con él, y si me gustara el lugar, pienso quedarme 
por algunos años. 

Otra sorpresa llevó el amo al escuchar estas 
palabras. Tanta era su curiosidad, que no comía 
por atender lo que decía el desconocido y por 
mirarlo detenidamente. 

Volvió a interrogarlo: 

— ¿Le parece que se hallará en esa estancia? 

— No sé; quién sabe como estará aquéllo. 

— Yo creo que másemenos como siempre. No 
sé decirle con certeza, porque nunca fui a las 
casas; pero, por lo que oigoH lós~lpie van allí, 
maliceo que debe estar igual. 

— Sí, muy atrasada. Me han dicho que todavía 
tiene ganados casi criollos y que se trabaja al 
sistema antiguo. 

— Así dicen, y que trae muchas haciendas del 
Brasil, sin ser compradas, — agregó el patrón — 
no dándose exacta cuenta de lo que estaba di- 
ciendo. 



AGRESTE 


9 


— ¿Sin ser compradas?, — preguntó el mozo con 
fingida naturalidad. 

— Sí, negociadas quién sabe cómo. 

— Vamos . . . este . . . robadas. 

— Asigún dicen, ansina debe ser. 

A partir de este punto, el mozo que se limitaba 
en la conversación sólo a responder, ahora inte- 
resado por las noticias que adquiría del dueño de 
casa fué el que siguió preguntando: 

— Por eso es que está tan rico, ¿ no ? 

— Así asigura la gente; yo no lo sé. Y después 
de un silencio, que sirvió al desconocido para 
coordinar un poco sus pensamientos y al patrón 
para masticar algunos bocados con glotonería, 
articuló el primero: 

— Y dicen que por allá suceden cosas raras. 
¿Es cierto? 

— También oí algo de eso. No se lo puedo 
asegurar, pero parece que tuitos los que allí 
moran son gente de mala calaña ; unos, porque 
les gustj, lo ajeno; otros, porque son aficionados 
al cuchillo; y dispués, que suceden cosas en esa 
estancia que ni el mesmo diablo las ha de saber*. 

— ¿Cómo es eso? 

— Cerquita de lo de don Manduca, vive una 
vieja que hace muchos años está en el campo y 
sigrín parece es la que trae todo revuelto con 
sus maldiciones, daños y embrujamientos. La casa, 
hay quien garante que está asombrada y tuito es 
obra de ella, créalo; y lo bueno es que ni el 



10 


DOMINGO A. OAILLAVA 


propio don Manduca la puede echar de su pro- 
piedad, porque le tiene recelo y porque él mesmo 
le debe algunas atenciones a la bruja. 

El forastero, inclinó la cabeza, caviloso, extra- 
ñado de lo que escuchaba y el patrón suspendió 
el relato por un momento, para que lo dicho cau- 
sara en el otro la impresión que él deseaba. 

— Cosas raras, ¿ verdad ? — murmuró al cabo 
de un ^ato. 

— Ciertamente. Y, dígame amigo: ¿quiénes son 
los que están con don Manduca? 

— Los piones, un tal Benavides, que hace de 
capataz y algunos agregados. 

— ¿Y nadie más? 

El patrón después de reflexionar, respondió: 

— Vive tamién, no me acordaba ya, una moza 
que crió dende gurisa la íinaíta mujer de don 
Manduca y que llaman Gabriela. ¿No la conoce? 

— No ; cuando me fui de estos pagos, no estaba 
todavía en la estancia. 

Ya Analizaba la cena; el dueño de casa que 
ardía en deseos de saber quién era el viajero y 
cuál el motivo que le llevaba a la casa de ese vecino 
que tenía tan mala fama en el pago, le preguntó : 

— Si no es atrevimiento, ¿ puedo saber su ape- 
lativo? 

El forastero dudó un instante, si contestar o 
no. Por último, resolvió nombrarse : 

— Me llamo Braulio Junqueiro Pintos, y soy 
hijo del hombre que estuvimos hablando. 



AGRESTE 


11 


Difícil explicar el estupor que causó en marido 
y mujer el nombre del desconocido. ¿Cómo pen- 
sar que aquel mozo, de apuesta arrogancia, de 
simpático semblante, fuera hijo del hacendado 
brasileño que malquerían todos los pobladores 
de la región, por sus audaces hazañas y sus 
continuos hurtos? Demás está decir que descon- 
fiaron de la franqueza del huésped y bajo ningún 
concepto creyeron dijese su nombre verdadero. 
Desde tal momento, otro giro tomó la conversa- 
ción y para nada se volvió a mentar a don 
Manduca, ni más nada se dijo de los graves 
sucesos que ocurrían en su casa. A las nueve, 
el amo acompañó a Braulio hasta una pieza que 
servía de dormitorio a los forasteros, y allí 
le dejó. 

Noche intranquila pasó nuestro viajero a causa 
de la preocupación que le embargaba desde la 
cena. No pegó los ojos, si no por instantes, y eso 
que la cama era lo suficiente confortable para 
reposar cómodamente. A la aurora levantóse y 
se reunió con el amo quien lo miraba a hurtadi- 
llas con desconfianza, Braulio sentíase molestado 
en su presencia. 

Aquel hombre que tan buena hospitalidad le 
proporcionara y que tan atento fué con él desde 
su llegada, detestaba a su padre, le acusaba de 
ladrón y vaya a saber de cuantas fechorías más. 

La simpatía que le había inspirado el día ante- 
rior, al conocerle, se trocaba en encono, tal vez 



12 


DOMINGO A. CAILLAVA 


en aborrecimiento. No era posible que fuese ver- 
dad todo lo que le dijera; no era posible que su 
padre, cuyo recuerdo siempre lo conservó en su 
memoria sino con cariño al menos con respeto, 
fuese un hombre de mal vivir. 

Al asomarse el sol en el horizonte, ensilló su 
caballo con rapidez. Quería alejarse cuanto antes 
de allí. Ya lista la cabalgadura, se despidió del 
dueño de casa, agradeciéndole el buen aloja- 
miento que le proporcionara. 

Éste, al estrecharle la mano, se excusó: 

— Amigo, discúlpeme por lo que le dije anoche. 
Cuente con un compañero y una casa a su dis- 
posición. Mi nombre es Nicasio Giménez, para 
lo que guste mandar. 

—Gracias, — respondió Braulio — está disculpado, 
amigo. 

En un .segundo estuvo en la silla y tras breve 
reverencia con la cabeza al cruzar frente a la 
esposa de Giménez, marchó hacia la tranquera 
para tomar de nuevo el camino que traía la 
tarde anterior y que le conduciría a la estancia 
de su padre. 

Siguió por la tortuosa senda que tan pronto 
se alcanzaba a ver a corta distancia como se 
perdía entre los pequeños desfiladeros o detrás 
de colinas prominentes. Braulio, no era conoce- 
dor de aquellos parajes; sm embargo, no tenía 
por qué temer extraviarse, ya que el camino era 
trillado y que sus lindes se hallaban cerradas 



ÁGRÉSTÉ 13 

Í3or líneas de alambres paralelas, una a diestral 
y otra a siniestra. 

Marchaba sin parar mientes en las Sinuosidades 
del terreno que atravesaba y menos todavía en 
las que dejaba a Süs lados. Su ánimo no sentíase 
inclinado a la contemplación de paisajes. Por e^ 
contrario, toda su atención se reconcentraba en 
aquellas palabras que había escuchado de boca 
de Giménez y que tan mal parada dejaban la 
honra de su padre. Jamás oyó decir a nadie que 
era ladrón de ganados; jamás que su casa era 
refugió de malhechores; jamás que vivía retirado 
por completo de los convecinos del pago. Todo 
habrían de ser habladurías de gente holgazana, 
de envidiosos que codiciaban sus riquezas o de 
quienes le guardaban rencor por rencillas o inci- 
dentes sin importancia, tan comunes entre vecinos 
linderos. No obstante, cuanto más pensaba en 
esto y más quería convencerse de que lo que 
le dijeron era falso, más se aferraba en su pecho 
la duda de que pudiera estar engañado y que 
fueran verdaderas las acusaciones hechas por 
Giménez. ¡Ah!, si lo fueran, haría volver al 
caballo para desandar lo andado; porque prefería 
no verlo, y eso que llevaba más de veinte años 
lejos de él, antes de cerciorarse de que la terri- 
ble verdad fuera cierta. Y a medida que se 
acercaba, crecía su temor, mayores eran las dudas, 
al punto que por momentos sentía flaquear su 
cuerpo y latir con tal fuerza el corazón, que por 



14 


IIOMTNGO A. CAILLAVA 


varias veces hubo de sujetar al caballo para 
poder recobrar alientos y tranquilizarse. 

Cuando dejó la casa de su padrino y protector, 
don Silverio Quesada, para emprender este viaje, 
con cuánta alegría había salido pensando en que 
pronto vería al autor de sus días. Ahora en 
cambio, su alegría se cambiaba en pesadumbre, 
en inquietud, en desasosiego; en una sensación 
tan extraña, que tan pronto le infundía tristeza, 
como miedo. Nunca, como en este momento, 
resonaba en sus oídos lo que unos días antes de 
salir, le dijera su padrino : « Pensás quedarte por 
allá. Sin embargo, aquéllo no se ha hecho para 
vos. Ya volverás a estos pagos, buscando tu 
verdadera querencia, como vuelven las golondri- 
nas, en llegando la primavera, a sus nidos aban- 
donados ». —¿Qué arcano escondían estas pala- 
bras? ¿Qué habría querido hacerle comprender 
el padrino, con esta comparación? No lo sabía, 
porque en tantos años que viviera junto a él, 
nunca le habló de su padre. Por un acaso ines- 
perado, todo lo que en otrora parecíale insignifi- 
cante unido a las misteriosas palabras del padrino, 
guardaban hilación directa con lo referido por 
Giménez. 

El padrino sabía perfectamente quien era su 
padre, conocía sus vicios, sus maldades y nada 
quiso decirle, quizá por no quitarle la buena 
impresión que tenía de él. Pero no hizo bien. 
Debiera haberle dicho la verdad, para que nada 



de io que habría de ver después le produjese 
sorpresas desagradables. 

Levantó la vista. El caballo acababa de subir 
una cuesta fatigosa. Al encumbrar la altura, 
Braulio divisó a corta distancia de allí, un esta- 
blecimiento ganadero. Habría de ser el de don 
Manduca Junqueiro Pintos. La posición en que 
estaba situado, el aspecto general del caserío, la 
jornada recorrida, todo eran indicios de que no 
se equivocaba. Además creyó reconocer, aunque 
vagamente, que algo de lo que tenía delante de 
sus ojos, ya lo había visto en su adolescencia. 

Estaba a un paso de llegar y su cuerpo tem- 
blaba como el de un azogado. ¿Cómo le recibiría 
su padre? Un momento más y la incógnita que 
le traía intranquilo, se esclarecería para siempre. 



it) DOMINGO A. CAILLAVÁ 


II 

Sobre escarpada loma, cercana a la ribera 
izquierda de un río caudaloso que va a morir a 
la laguna Merim, está ubicada la estancia de 
don Manduca Junqueiro Pintos. Se compone de 
tres poblaciones: la principal que mira hacia el 
norte es una vieja casona , tosca y destruida , 
de paredes negruzcas y desaseadas, de techo 
de teja , cubierto de verdín , y se halla divi- 
dida en tres piezas. La del centro, denominada 
la sala por don Manduca, es una habitación de 
grandes dimensiones, que en la época en que 
sucedió esta historia servía de comedor y estaba 
alhajada con una mesa rústica, larga y grasicnta; 
dos bancos de la misma medida que la mesa, 
colocados a ambos lados de ella; el armario de 
guardar la vajilla y otros utensilios, y un sillón, 
fabricado en casa, con madera de sauce y cuero 
de ternero. En los ángulos de la pieza, se veían 
gran cantidad de telarañas, que como valiosos 
encajes pendían del cielorraso o de las ventanas 
que sólo se abrían en verano. Las otras dos 
habitaciones, las ocupaban los dormitorios, amue- 
blados por el estilo del comedor. El segundo 
edificio, lo forma un rancho de terrón y de 
techumbre de paja, mal construido y no mejor 
cuidado. Se divide en dos cuartuchos; uno que 



ÁGRÉSTE Í7 

era la habitación de los empleados o agrégadds 
de primera categoría, y el otro, que hace las 
veces de cocina, todo ennegrecido no solamente 
por el color natural de las paredes de tierra, 
sino por el humo y el hollín, que por su parte 
fueron tiñendo de obscuro el amarillo de la paja 
y el de las tablas de pino de la puerta que daba 
al patio; en el centro, ardía el fogón con riquí- 
simo combustible traído del monte y encima de 
él, la trébede que sostenía las pavas con agua 
hirviente, siempre prontas para el que quisiera 
tomar mate, y las ollas y cacerolas en las cuales 
se hacían las comidas. Una mestiza, ya entra- 
da en años, rotosa y con los pies sucios y 
desnudos, era la cocinera y la que lavaba la 
ropa usada, una vez por semana, bien en el 
remanso si el río estaba en cauce, bien en la 
cachimba si aquél se hallaba crecido o desbordado. 
La tercera población, la constituye un galpón de 
material, sin revoque, también de techo de paja, 
hecho de quincha que llaman de escalera y con 
mojinete hacia el lugar de donde soplan los 
fuertes huracanes. Por lo común, el galpón en 
la mayoría de las estancias, es el lugar más 
frecuentado por el personal y por los forasteros 
de poca intimidad. Allí hacen reunión los paisa- 
nos al amor de la lumbre en las tardes de 
invierno; allí se comentan los percances aconte- 
cidos en las faenas camperas o se hacen las 
apuestas para la penca a realizarse el domingo 



18 


DOMINGO Á. CÁILLAVÁ 


próximo. Llegando la noche, tienden cama lOs 
peones con sus recados, ya sobre una pila de 
corambre seco, ya encima de los bolsones con 
lana; y allí se guardan los aperos, la ¿orra de 
tiaer agua, el mortero de pisar mazamorra, las 
pocas herramientas de labranza y los bancos de 
ceibo o de cabezas de vaca, en que se sientan 
los tertulianos a la hora del mate o cuando es 
menester lonjear cueros o ingerir el lazo cortado 
a raíz de un brusco tirón en la última hierra o 
parada de rodeo. A corta distancia está la man- 
guera de palo o pique donde encerraban las tropi- 
llas al venir la aurora; el redil para los lanares; 
un corral pequeño de encerrar los terneros de 
las lecheras, y en el espacio que media entre 
óstos y el galpón, alzábase la clásica ramada de 
mataojo, .«íiempre nueva, porque cada pocos meses 
don Manduca hacía cambiar el ramaje, de forma 
que hubiera en todo tiempo buena sombra bajo 
ella. Hay un descampado frente a la manguera 
y en él tres enormes postes de coronilla que 
servían de palenque para atar a los potros y 
redomones en la época de la doma, y en los 
alrededores de la estancia se ve sólo un ombú, 
porque el propietario decía que no eran precisos 
más árboles estando tan cerca el monte. Del 
patio arrancaba una senda angosta formada por 
la rastra del barr í de acarrear agua desde el 
manantial o cachimba situado en la ladera y que 
por sus tortuosidades .semejábase a una larga 



AGRESTE 19 

culebra tendida sobre la floreciente yerba de 
primavera. El panorama que presenta la campiña 
visto de lo de Manduca, es hermoso y admirable 
para quien lo ve por vez primera; mas no así 
para los que viven todo el año, dado lo agreste 
y solitario del paraje, pues ningún camino cruza 
por las cercanías, y cuando se divisa un jinete 
en la cuchilla o en la picada, es sabido que 
viene a la estancia. 

Hacia el norte se extienden varias lomas ha- 
ciendo zig-zag, perdiéndose allá lejos, como si 
una tela confusa las cubriera; al este, una pen- 
diente inclinada llega hasta la vega y ésta va a 
morir al pie de una sierra no muy alta, pero 
pedregosa y cortada casi a plomo como si fuese 
un acantilado; al sud y al oeste, la selva espesa 
y enmarañada que bordea al río por ambos 
lados; y en lontananza, primero una planicie 
exenta de fértil vegetación y luego, como el 
último telón de teatro, una cuchilla larga y ver- 
dosa que parece se juntara, en el confín lejano, 
con el azul del firmamento. La casa de Junqueiro 
y el monte, no están a más de seis cuadras de 
distancia entre sí, pero se encuentran separados 
por un estero peligroso a causa de los inmensos 
lodazales cubiertos totalmente por la paja brava. 
En los inviernos lluviosos, la vega y el bañado 
se cubren de agua por completo, no quedando 
más salida a los habitantes de aquella población 
que por las cuchillas. En cambio, en estío, con 



20 


DOMINGO A. CAILLAVA 


la canícula, el estero despide al secarse un hedor 
putrefacto; y favorecidos por la atmósfera asaz 
cálida, los mosquitos, los tábanos y otros insectos 
imposibilitaban vivir en aquel lugar. Don Manduca 
y su gente, sin embargo, habíanse acostumbrado 
de tal modo a la vida triste, semi salvaje que 
llevaban, a respirar aquel aire malsano y a 
soportar con inexplicable resignación la molestia 
que producen las sabandijas, que jamás se les 
oyó la menor queja o deseos de marcharse a 
otros parajes. En esta región, la primavera, es lo 
más hermoso y agradable que entendimiento 
humano pueda concebir. El sol tibio y fecundante 
de octubre, hace reverdecer el pasto de la vega, 
y los llanos y las laderas se cubren de macachines 
y vivis que da gloria verlos. La selva se despe- 
reza de su letargo invernal ; llénanse los árboles 
de tiernos follajes ; vístense de rojo los viejos 
ceibos carcomidos, y la enredadera de hurucuyá, 
trepándose por los arbustos, ofrece sus flores en 
forma de estrellas y de color violáceo. Las go- 
londrinas trazan en el espacio diversos semi -cír- 
culos; las garzas de variados colores, emprenden 
vuelo a desconocidas comarcas ; las pavas, en 
cuanto asoma la aurora o cae el crepúsculo, dejan 
oir sus voces bajas, pero penetrantes; los sabiáes 
vuelven a gorjear ; las urracas, moviéndose agi- 
tadas en las ramas de los sauces, canturrean sus 
extrañas canciones, y por último, la demá<= caterva 
de pajarillos todos lo alborotan, volando de un 



AGRESTE 


21 


lado para otro, mientras se aprestan para cons- 
truir de nuevo sus nidos. El río baja con lentitud 
y su murmurio es cada vez más suave; la paja 
de los esteros vuelve a retoñar y las lagunas se 
engalanan con flores de camalote y de otras 
plantas acuáticas. Hasta en la casa de don Man- 
duca se notaba la venida de la primavera. En los 
días serenos y de sol, se tendían los aperos en- 
cima de los palos de la manguera ; otro tanto se 
hacía con las ropas, los colchones de los catres 
y las pieles lanares para que no se apolillaran. Las 
puertas se abrían de par en par, y aprovechando 
la retirada de las aguas, se iba al monte y se 
hacía acopio de leña de espinillo y guayabo con 
que hacer lumbre ; se encerraba el rebaño para 
señalar los cordones; se marcaban los terneros 
orejanos y los potrillos de la manada arisca. 
Algunos vecinos venían de paseo, y Gabriela y 
la peona, siendo el día bueno, en dos caballos 
mansos, salían a retribuir las visitas a las comadres 
más inmediatas, o por simple distracción al monte 
a comer pitangas y arazáes cuando estas frutas 
estaban en sazón. 

Entonces el agreste paisaje, ornamentado con 
los primores de la estación más deliciosa, se 
transformaba en un cuadro bello y lozano. Así 
encontró Braulio la estancia de su padre y los 
sitios que la circundaban. Siete días que llegara 
y aunque en sus lai'gos viajes por otros departa- 
mentos había visto paisajes muy pintorescos, no 



22 


DOMINGO A. CAILLAVA 


cansábase de admirar por las mañanas, al levan- 
tarse, aquella pródiga naturaleza virgen, más 
embellecida a cada despertar con nuevos floreci- 
mientos, con nuevos matices en el conjunto verde 
obscuro de la selva, con nuevas melodías en los 
cantos de las aves silvestres, como si minuto por 
minuto la Naturaleza fuera llenándose de vitalidad, 
merced a la templanza del tiempo y a las benéñcas 
lluvias, que con cortas intermitencias, caían sobre 
los campos, para hacer más jugosas las pasturas 
y más diáfana y abundante el agua de las ver- 
tientes. Braulio sentíase dichoso ante tanta mag- 
nificencia; en cambio, los viejos moradores de la 
estancia, lo inquietaban un poco. Sin embargo, 
no podía quejarse de que don Manduca le hubiera 
recibido mal. Lo abrazó con cariño, ordenó 
al personal que le sirviera con esmero e hizo 
preparar para el día siguiente un suculento 
almuerzo, celebrando la llegada del hijo ausente 
ha muchos años. Y bueno es advertir que rego- 
cijos de este jaez, muy pocos veces se vieron en 
la estancia. Don Manduca no gustaba de risas, 
de jaranas y menos aún, de cantos y de músicas. 
Por eso, en su casa jamás oyóse gemir a una 
guitarra ni cantar a los peones algún estilo o vi- 
dalita. Poseía el hombre un carácter poco común. 
Por lo regular, hallábase triste, al menos aparente- 
mente, y con frecuencia malhumorado, al punto que 
sin previa causa, insultaba a los poenes, maldecía 
su negra suerte y hasta la emprendía con Ga- 



AGRESTE 


23 


brida, que sin ser nada suyo, la quería lo bas- 
tante como para considerarla cual hija propia, tal 
vez porque la tuvo consigo desde que naciera. 

Con tal carácter, no podía ser expansivo con 
nadie; y si a alguno habría de confiar su pensa- 
miento hacíalo únicamente con Indalecio Benavi- 
des, su hombre de confianza. Aún mismo de 
asuntos de poca importarcia hablaba poco, pero 
en cambio debía pensar mucho, porque pasaba 
largas horas absorto, meditabundo, en ocasiones 
sentado bajo el galpón, uno de sus lugares favo- 
ritos ; y rara vez, en la sala, con la vista clavada 
en las tablas mugrientas del piso y fumando 
cigarrillos de tabaco brasilero, uno tras otro, los 
que inundaban el ambiente con su aroma fuerte 
y repulsivo. ¡Cuántas y cuántas cosas cruzarían 
por aquel cerebro!; pero ¿cómo llegarlas a 
saber? Don Manduca era reservado y además 
no tenía porqué hablar. ¿Qué importaba a los 
demás lo que pensaba y lo que proyectaba hacer? 
¿Acaso eran confidentes suyos o partícipes en 
sus negocios? Nada de eso. Era dueño absoluto 
de los miles de haciendas que pacían en las 
tierras de su heredad y que adquirió, según él, 
con trabajo constante y con firme perseverancia, 
aunque no faltaban malas lenguas que dijesen 
que su caudal lo tormó marcando terneros ajenos, 
dando dineros sobre hipotecas con intereses exor- 
bitantes y valiéndose de otras artimañas para 
quedarse con lo del prójimo. Poco lo preocupa- 



24 


DOMINGO A. CAILLAVA 


ban los díceres de la gente del pago. Él vivía 
más o menos tranquilo en su casa; no salía a 
molestar a nadie, pero no permitía tampoco que 
viniesen allí con dimes y diretes o palabras ame- 
nazantes, porque eso sería provocarle y él no 
habría de tolerar ninguna provocación. 

Levantábase de madrugada; comía un chu- 
rrasco que los peones asaban sobre las brasas 
del fogón, mientras sorbía el mate amargo y 
aguardaba a que amaneciera para ir al campo. 
Su principal distracción y su gusto mayor, estri- 
baba en recorrer de un extremo a otro la estancia 
toda, deteniéndose en los grupos de ganado para 
mirar si mejoraban de carnes, si engordaban, si 
los terneros seguían a las madres y si se criaban 
sanos y robustos. con qué gozo contemplaba 
la hacienda cuando, con las estaciones propicias, 
se ponía de buen pelo y redonda de gordura ; 
con qué gozo miraba desvellonar las ovejas en 
la esquila, pensando en el rendimiento que le 
darían ; con qué gozo tarjaba en un palillo rústico 
los cientos de terneros que se marcaban en la 
hierra. Esto era trabajar, esta era la justa recom- 
pensa de sus malos ratos y desvelos por obtener 
lo que poseía. Qué satisfacción más grande cuando 
llenaba una pequeña caja de acero con monedas 
de oro, resultado en efectivo del disfrute anual. 
No sólo salía al campo para entretenerse y delei- 
tarse en mirar lo que era suyo, no; salía tam- 
bién para revisar el trabajo de los peones en 



AGRESTE 


25 


las composturas de los cercos de alambre o en 
las cuereadas de animales muertos por epidéníia. 

Había días en que tornaba taciturno, adusto, 
con una expresión extraña en su cara trigueña, 
con el sombrero sobre las cejas para que no le 
viesen los ojos; y esto acontecía cuando pasaba 
a la vera de cierta tapera que había en el campo 
o cuando veía a la vieja Faustina, frente a su 
choza, ocupada en algunos menesteres. 

Por lo demás, don Manduca, en medio del 
ambiente en que vivía se consider,gba feliz; no 
había ambicionado nunca ir. a visitar pueblos o 
parajes desconocidos; él, con estar en lo que 
era suyo, vigilar sus ganados, comer en abun- 
dancia y dormir mejor, tenía lo bastante. ¿Para 
qué comedidas o relaciones con amigos o vecinos 
próximos? Todos los placeres, las amistades, los 
buenos momentos de su vida, se refundían en 
una sola cosa : la riqueza. Poseer mucho y esfor- 
zarse por poseer aún más, era el lema que se 
había propuesto desarrollar mientras durara su 
existencia. 

Y por cierto que se cumplía a la perfección. 
A pesar del buen recibimiento que tributaron a 
Braulio, tanto su padre como Gabriela y el per- 
sonal del servicio, aquél no se encontraba a gusto 
en esta estancia triste, no sólo por su aspecto y 
el paisaje que la rodeaba, sino también por sus 
moradores. Y no se piense que la extraña actitud 
de don Manduca, así como los tipos de facinero- 



26 


DOMINGO A. CAILLAVA 


SOS que tenían los peones y agregados, bien por 
sus facciones toscas y desproporcionadas, bien 
por sus costumbres y vestimentas o ya por los 
inmensos facones y revólvers que cargaban en 
la cintura, fué lo que más le preocupó. Lo que 
le intranquilizaba, era la risa burlona y la mirada 
dura y enigmática de Gabriela cada vez que se 
encontraban frente a frente, a las horas de la 
comida o en otras ocasiones. No podía explicarse 
aquella actitud hostil para con él, precisamente 
de la persona con quien había procurado intimar 
amistad, pues que fué la única que le inspiró 
una pequeña simpatía que pudiera ser la atrac- 
ción que despierta en todo hombre, la figura de 
una mujer joven y esbelta, como también la 
compasión que le inspirara al pensar qué sería 
de ella entre aquella gente abyecta y bárbara. 

Mucho íbale a costar adaptarse a vivir en tal 
ambiente ; empero, haría lo posible por llevarse 
bien con los de la casa, ya que le traía el pro- 
yecto de constituir una sociedad comercial con 
su padre para explotar, con modernos métodos, 
su establecimiento ganadero. La iniciativa, pro- 
bablemente, no tendría buena acogida por parte 
de don Manduca, dado lo retrógrado y rutinario 
de su sistema y de su desdén para todos los 
procedimientos de origen extranjero ; más, no 
obstante, mantenía la esperanza de convencerlo 
y hacerle cambiar de opinión. 

líispiraba lástima ver con qué rigor y crueldad 



AGEESTE 


27 


trataban a la hacienda y cómo se pendían sinnú- 
mero de reses por holgazanería y falta de cuidado; 
era una aberración continuar con ganados criollos, 
cuando éstos se valorizaban extraordinariamente 
y cuando crecía el valor de las tierras en pro' 
porciones jamás calculadas. Con tal modo de 
explotarlas, aquéllo no daba el interés del capital 
que representaban las cuatro mil hectáreas de 
campo y los tres mil vacunos que las poblaban. 
Se hacía necesario trocar de régimen para que 
el establecimiento produjese lo que lealmente 
debía producir. 

Braulio hablaría con su padre sobre tales asun- 
tos y le explicaría con claridad las razones en 
que se fundaba para optar por otros sistemas de 
explotación que facilitasen las tareas y que, por 
lo tanto, beneficiaran a los ganados. 

Todo se podía hacer; las tierras eran relativa- 
mente buenas, bastante fértiles y abundantes en 
yerbas alimenticias; los rebaños, aunque deficien- 
tes de calidad, se podían mestizar en pocos años 
trayendo buenos sementales, lo mismo que la cría 
de yeguarizos. Lo que se precisaba era la mano 
hábil y competente del hacendado moderno, a 
quien los ob.stáculos más difíciles no le impiden 
llevar a cabo su obra de civilización y progreso. 
Y Braulio sentíase con condiciones especiales para 
emprender esa obra, al parecer harto co.stosa, y 
lo es realmente para el que no tiene noción alguna 
al respecto; pero no para nuestro hombre, que 



28 


DOMINGO A. CAILLAVA 


había pasado varios años trabajando en cierto 
establecimiento pastoril ultra-mderno de uno de 
nuestros departamentos del litoral. 



ÁGRES^ti 


‘2d 


III 


Así fué que una tarde que salieron juntos, padre 
e hijo, a recorrer los potreros de invernada, éste 
se decidió hablarle al primero de sus propósitos 
de reformas y de constituir la sociedad que había 
pensado. Don Manduca lo escuchó sin decir abso- 
luamente nada, y después que el joven terminó 
de explicar el motivo que le indujo a comunicarle 
sus proyectos, que no era otro que el deseo de 
mejorar las razas y de concluir con los procedi- 
mientos anticuados, inclinó el ala del sombrero 
para que le cubriera los ojos y murmuró con voz 
gangosa : 

— Está bueno; eso es muy lindo, pero se nece- 
sita mucha plata pa hacer todito lo que usted 
quiere. 

Braulio no negó que era menester invertir al- 
gunos miles de pesos en tal obra; pero ¿qué 
importaba la inversión de más capital si pronto 
pagaría con creces los gastos ocasionados? Además 
se podría empezar con poco, sin arriesgar sumas 
cuantiosas en la transformación del establecimieto 
y en las compras de animales finos; cuestión de 
decidirse y ponerse de inmediato a la empresa. 
El estaba resuelto a trabajar ; de ahí que le pro- 
pusiera formar una sociedad, en la que aportaría 
como único capital, su inteligencia, su saber y 



bOMIÑáo A. OÁILLAVA 


So 

todas sus energías de hombre acostumbrado aí 
asiduo trabajo, ya que era pobre y que a penas 
contaba con lo necesario para vivir modestamente. 

De esta suerte, continuó Braulio, perorando 
mientras cruzaban los potreros de uno a otro 
extremo, vigilando los lotes de novillos en plena 
preparación de engorde, y las zanjas y los bañados, 
por si en esos parajes hubieran animales caídos 
en los pantanos o muertos entre los pajonales. 

Como Braulio no cejaba de insistir en sus ideas, 
el viejo estanciero forzábase por encontrar algún 
plan que desbastara su proyecto, desde que esta 
proposición le había tomado de sorpresa; y no 
hallándolo, recurrió al pretexto de que tenía ca- 
pataz con grandes atribuciones para manejar su 
estancia y nada podía resolver sin antes consul- 
tarle, aunque estaba persuadido de que éste no 
aceptaría las innovaciones. 

Braulio recordó que Giménez habíale hablado 
de ese capataz y que también le dijo su nombre, 
pero como hasta este momento no lo había visto 
ni lo oyó nombrar, no pudo acordarse como se 
llamaba. De ahí que le preguntara a don Manduca 
por él. 

— Dende hace unos días el hombre anda por 
el Brasil, pues lo mandé a que me comprara un 
ganaíto que me ofrecieron de allá, de Santa Vic- 
toria. ¿ Conoce esos parajes ? . . . 

El joven negó con la cabeza. 

Según don Manduca, Indalecio Benavides era 



ÁtíRÉSTE 


‘¿i 

piersona competente pnrn Ins faenas pastoriles, lo 
que denominan nuestros rurales : un hombre cam- 
pero. Es cierto que tenía su geniedllo agresivo, 
y como gozaba de fama de guapo, era impruden- 
cia contrariarlo ; pero aparte de estas insignifi- 
cancias, poseía buenas condiciones: fiel servidor, 
hombre de confianza y buen compañero para un 
caso de peligro. 

Siguiera don Manduca haciendo el panegírico 
de su capataz, si Braulio, harto ya de oirlo, no le 
hubiese cortado el discurso con preguntas que en 
nada se relacionaban con lo que estaba diciendo. 
Y como su padre guardara silencio, volvió por 
sus fueros, empeñándose en convencerlo de la ne- 
cesidad que había de introducir muchas modifica- 
ciones en el método de trabajar con la hacienda. 

Don Manduca, fastidiado de escuchar a Braulio, 
se movía en la silla; cambiaba el cigarillo de un 
lado a otro de los labios; se acariciaba la lacia 
cabellera que casi le llegaba a los hombros, y, de 
vez en cuando, salía de su boca como un rugido 
o carraspera, indicios de desagrado, que el mozo 
no los entendía o fingía no entender. 

Por último, viendo que todas aquellas demos- 
traciones no surtían efecto, concluyó por decirle 
ca.si a gritos: 

— Mire amigo, no necesito que siga siempre 
dale que dale con lo mesmo; ya sé lo que quiere 
y lo que dice que va hacer. Deme tiempo pa pen- 
sar las cosas. Más adelante, le diré mi risolución. 



DOMINGO Á. CAÍLLÁVÁ 




Después de estas palabras, no se aventuró 
Braulio a insistir más; calló un momento, y luego 
continuó conversando de asuntos indiferentes en 
los cuales don Manduca no paraba la atención 
por el enojo que le dominaba y por mirar las 
novedades que descubría a cada instante, ora en 
los ribazos llenos de nueva brotación, ora en las 
quebradas pedregosas, donde se guarecían decenas 
de novillos para pasar la noche amparados de 
los fuertes vientos primaverales. 

Ya caía el sol como a un abismo, .detrás de ia 
lejana cuchilla, cuando nuestros hombres descen- 
dieron la sierra y entraron en la vega. Allí, en 
un recodo formado por enormes moles de piedra 
ocultas entre éstas y las breñas, como para que 
ojos escudriñadores no la descubrieran, Braulio 
vió una choza de paja, con una puertecilla estre- 
cha y baja que cerraba la única entrada. 

— ¿Vive ahí algún puestero?, — interrogó el 
joven. 

— Sí, una mujer que antiguamente fué piona 
en casa. 

No había don Manduca terminado de responder, 
cuando apareció por entre los zarzales cercanos 
a la choza, como espectro fantasm.agórico, una 
vieja pequeña y enjuta; mestiza, según lo ates- 
tiguaban el color de su tez y sus ojillos vivos y 
relucientes; harapienta y con un pañuelo negro en 
l.i cabeza, que dejaba al descubierto mechones de 
pelo gris, sucios y desgreñados. Traía sobre el 



AGRESTE 


33 


pecho, sujetándolo con ambas manos, un hatillo 
de juncos y charamuscas que juntara en la serra- 
nía para hacer- lumbre. Esta aparición, tanto sor- 
prendió a Braulio que no pudo por menos de 
preguntar a su padre si sería esa mujer la vieja 
Faustina. Efectivamente, era el personaje que 
conocía por referencias y que gozaba fama en el 
pago de ser bruja. 

La miró con atención desde cierta distancia, 
porque su padre no quiso acercarse, y notó en 
sus facciones una rara expresión de angustia y 
fiereza a un misno tiempo. 

La vieja los saludó con un rápido movimiento 
de cabeza y ellos retribuyeron el saludo en igual 
forma. 

Mientras seguían a paso lento, Braulio volvíase 
a cada instante para mirarla de nuevo. Don 
Manduca, disgustado por aquel encuentro y más 
todavía por la impresión que éste produjo en el 
joven, deseando alejarse cuanto antes de tal sitio, 
le dijo : 

— Vamo a galopiar, amigo, que la noche ya 
está encima. Y sin aguardar a que su hijo diera 
su conformidad, atizó un latigazo al caballo y 
salió al galope. Otro tanto hizo Braulio, y aún 
perduraba el crepúsculo vespertino en el lejano 
confín cuando llegaron a la estancia. 

A la hora de la cena, no se sintió con humor 
de chancear con Gabriela ni de animar la reunión 
con anécdotas o historias, como otras veces, 



S4 DOMINGO Á. CÁIVALLÁ 

quizá porque la figura de la mestiza quedó gra- 
bada en su mente de tal modo, que su propia 
voluntad no bastó para alejarla de ella. 

Por la noche, en su cuarto, le aconteció algo 
semejante. Creía verla en la penumbra que hacía 
la luz de la vela, detrás de algún mueble; pare- 
cíale que sus ojos fosforecentes le atistaban por 
la ventana aunque no creía en sortilegios ni en 
tonterías de este jaez No obstante, sin explicarse 
él mismo el por qué de tal obsesión, la figura de 
aquella mujer le impresionó lo bastante como 
para quitarle el sosiego. Estaba acostado, en 
obscuras, sin poder reconciliar el sueño y cual- 
quier ruido nocturno, el crujir de la madera, el 
golpe sigiloso del postigo cuando alguna racha 
entraba por los cristales rotos, el aullido de los 
perros, era lo suficiente para que sintiese terri- 
bles estremecimientos. 

Qué noche eterna aquélla. Si parecía que el 
reloj de campana marchaba con más lentitud o 
se olvidaba de dar las horas. El solemne silencio 
le obligó a pensar en muchas cosas. Qué distinta 
esta vida de la que llevaba en la estancia donde 
lo empleó su padrino para practicar los huevos 
métodos ganaderos, después de haber pasado va- 
rios años en la escuela del pueblo aprendiendo a 
leer, a escribir, 9 hacer cuentas y un poco de 
algunas cosillas más . Qué diferencia mediaba 
entre aquel establecimiento montado a la per- 
fección con el de don Manduca. Y luego, las 



AGRESTE 


35 


ideas retrógradas de éste, la ignorancia y holga- 
azanería del personal que le acompañaba y más 
aún, el misterio que envolvía todo lo de allí y 
que él no podía esclarecerlo a pesar de sus con- 
tinuas investigaciones y de los datos que le ha- 
bía dado Giménez. 

Cuán distinto era él de su padre y de aquella 
gente. Que mal lo comprendían, cuando él si 
ansiaba introducir reformas útiles, no le llevaba 
el interés de obtener ganancias fabulosas para sí, 
si no el de hacer progresar la zona, en general 
muy atrasada, no tanto por la falta de medios 
de comunicación, como por la índole de los indi- 
viduos que la poblaban. Y deseaba el bien colec- 
tivo; ayudar a los hacendados de poco capital, 
aunque no con dinero, pero sí con sus ideas y 
con su saber; bogar por la instalación de una 
escuela en las inmediaciones, desde que la más 
próxima hallábase a ocho leguas de distincia; 
combatir por uno u otro medio, pero sin violen- 
cia, el caudillaje y sobre todo el matrerismo y 
la vagancia. 

Por momentos se desalentaba y le parecía 
conveniente abandonar aquéllo y volver a Soriano, 
más se acordaba de Gabriela, que le trató siem- 
pre con afecto y no se atrevía a tomar ninguna 
resolución. 

Dado a estas cavilaciones pasó Braulio toda 
la noche sin poder cerrar los ojos; y cuando, 
por las rendijas de la ventana desvencijada, entró 



36 


DOMINGO Á. CAILLAVÁ 


una tenue claridad azul - violeta, anuncio de que 
venía el alba, al tiempo que todos los gallos, 
unos tras de otros, saludaban con sus cantos el 
nuevo amanecer, se adormeció rendido de can- 
sancio, balbuceando un nombre: 

— ¡ Gabriela 1 



AGRESTE 


37 


IV 


— Juancito, retirá el fuego del horno que ya 
está muy caliente, — dijo una voz de sonoro metal 
desde la puerta del comedor. 

Sus dulces vibraciones fueron oídas por el 
aludido que se hallaba partiendo leña cerca del 
galpón. Dejó el hacha; restregóse los ojos con 
una manga del saco, y después de largo bostezo, 
se dispuso a cumplir la orden de la patrona. 

Desde antes de clarear manaba del respiradero 
del horno una columna de humo; trajinaban sin 
descanso Gabriela y la peona en la preparación 
de la masa para confeccionar el pan casero; 
comían carne asada algunos de los hombres junto 
al fogón, y otros traían del piquete las tropillas 
descansadas para ensillarlas e ir a parar rodeo 
en el «potrero de los abrojales». 

Juancito quitó la tapa; con un palo largo que 
tenía en uno de los extremos un arco de latón, 
limpió el interior del horno arrojando fuera las 
cenizas y las brasas aún encendidas Una vez 
listo fué a avisarle a Gabriela que estaba pronto. 

— Ta lindo como pa freir chinchulines, — di jóle 
desde la puerta. El ama ayudada por la peona 
llevó la masa sobre una tabla totalmente cubierta 
por una frazada de lana para que no se pasmase. 
Cogió la pala, y aquí comenzó la tarea más 



38 


DOMINGO A. CAILLAVA 


desagradable ; la de poner los panes en el inte- 
rior del horno. Cada vez que acercábase a la 
puerta, una bocanada de aire caliente le conges- 
tionaba la cara obligándola a echarse atrás para 
librarle de ella, pero volviendo en seguida a la 
operación sin cejar por un momento. 

Otro más y otro más. Así iban los pedazos in- 
formes de masa cruda llenando el horno y tos- 
tándose al instante debido a la alta temperatura, 
mientras Gabriela presurosa movíalos y remo- 
víalos para que se cocieran mejor. 

1 Qué bien lució el sol naciente sus chorros de 
oro sobre el vestido de zaraza y el pañuelo 
blanco que llevaba la muchacha en la cabezal 
Su rostro juvenil parecía más fresco que otras 
veces, como una de las tantas campánulas que 
se abrían en esos instantes. Rosado, casi rojo, a 
causa del calor; el cutis curtido por el aire y el 
sol; la nariz aguileña, un poco deformada por 
golpes llevados en la niñez; los labios carnudos 
y húmedos, y los cabellos que aparecían por entre 
el pañuelo y la c.ibeza, negros y brillantes, pero 
sin peinar aún, tal vez por falta de tiempo. 

Así la vió Braulio al asomarse al patio, después 
de la terrible noche que pasara y no pudo por 
menos que quedarse largo rato contemplándola 
en silencio. 

Ella que lo había visto desde que apareció en 
la puerta, le gritó en son de mofa : 

— Braulio, ¿qué hace ahí parado como poste 



AGEESTE 


89 


de alambrado? El mozo, sin contestar, satisfecho 
de saber que había notado su presencia, se acercó. 

— Siempre trabajadora, Gabriela. 

— Es la obligación. Y usted, ¿no va al campo? 

— Sí, pero por lo que veo todos ya se han ido 
y me dejaron. 

— Se fueron antes de salir el sol. Ya deben 
tener el rodeo parao. ¿A ver? 

Dejó sus ocupaciones, corriendo subió a un 
matorral que se hallaba allí próximo, y desde él, 
colocándose una de las manos sobre las cejas 
para que la luz del sol no le impidiera observar 
las novedades que ocurrían en el campo, anunció: 

— Ya llegan las puntas de novillos al rodeo. 

— Y tata, ¿también fué? 

— Sí, junto con los piones. 

Braulio , viendo que no llegaría a tiempo al 
trabajo optó por quedarse, pues se sentía sin 
humor para nada a causa de la mala noche 
pasada. 

— La voy a ayudar. ¿Qué ocupación me dará? 

— ¿Usted trabajando en ésto? Deje que no 
sabe, — contestó Gabriela soltando el trapo a reir. 

Su carcajada se unió al cántico de las aves 
posadas en las ramas del ombú y resonó tan 
fuerte que repercutió en todos los ámbitos, tras- 
mitida por la atmósfera diáfana y tranquila. 

Había terminado de poner la masa en el horno. 
Colocó la tapa y volviéndose al mozo, sonriente 
y ufana de ver adelantada su labor, le dijo: 



40 


DOMINGO A. CAILLAVA 


— Ahora hay que dejarlos un ratito encerrados 
pa que se tuesten bien. 

— Qué guapa es usted, Gabriela. Desde la 
mañana hasta la noche, la veo todo el día ocu- 
pada en una cosa o en otra. 

— En la casa siempre hay mucho que hacer. 

— Es cierto, pero no todos tienen la voluntad 
de usted. 

— Desde chica me enseñaron a trabajar y 
hoy ya no me acobarda ni desagrada la lidia 
como antes, cuando gurisa que lo que quería 
era estar tuito el día sacando pichones de los 
nidos de pájaros, apedreando a los pavos y las 
gallinas o tirándole de las orejas a los perros. 

Gabriela, apoyada en la base inferior del horno, 
empezó a contar algunos detalles de su vida, sin 
que él nada le pidiera. Había oído decir que era 
hija de una puestera que vivió en un extremo del 
campo, allá en la destruida tapera de la que ya 
se ha hablado anteriormente. 

Su padre, murió siendo muy niña, por eso no 
recordaba sus rasgos fisonómicos, y su madre 
pereció años más tarde en un voraz incendio que 
destruyó en pocos minutos la población en que 
habitaban. Ella se salvó milagrosamente gracias 
a Faustina y a Indadelecio que, como estaban 
allí cuando se produjo el siniestro, la recogieron 
y la llevaron a la estancia. En esa época tenía 
apenas ocho años y como quedara huérfana, 
don Manduca la prohijó y la hizo cuidar por la 



AGRESTE 


41 


peona. Más tarde, una vez que vinieron los mi- 
sioneros al pago, la llevó a la pulpería para que 
éstos la bautizaran, saliendo él de padrino. Entre 
aquellos viejos muros y aquella gente hosca y 
temeraria creció como débil margarita ei\ medio de 
punzantes zarzales, sin saber del mundo más que lo 
que veía en derredor suyo y sin disfrutar durante 
el año de un verdadero día de asueto y de jolgo- 
rio, porque no la llevaban a reuniones de carreras, 
a bailes u otras fiestas. Se divertía únicamente 
cuando al llegar el verano, iba al monte acom- 
pañada por la peona a comer pitangas, pues con 
tal pretexto recorría las sondas ocultas, escudriñaba 
los charcos y lagunas y se bañaba en el agua tem- 
plada del remanso Día de dicha para Gabriela 
porque podía cantar, sin que a nadie molestara 
su canto, porque trepaba a los árboles, recogía 
flores silvestres, tan pronto se arrojaba sobre el 
blando colchón de pasto como corría cual una 
desaforadada tras las mariposas pájaros o reptiles. 
Cómo se entretenía con estas pequeñeces y cómo 
tornaba al obscurecer, transida y somnolienta, 
después de tanto retozo; a tal punto que, en lle- 
gando a la casa, no podía por menos de tenderse 
sobre su cama y así quedaba hasta el siguiente 
día dormida como un lirón. En la hierra también 
mucho se divertía, porque venían los vecinos, los 
mozos errantes y algunas de sus amigas, siendo el 
único día del año en que veía tanta gente junta, en 
que oía tantos gritos y risotadas y en que notaba en 



42 


DOMINGO A. CAILLAVA 


el rostro de don Manduca, una expresión de con- 
tento y de amabilidad. No sabía de otros placeres 
y espectáculos que el de los paseos al monte y 
el del rudo trabajo de la marcación ; de ahí que 
ésta le pareciera una fiesta alegre e interesante. 
Por lo demás, no conocía otros parajes que aquel 
en que se crió, bravio y solitario, el cual, juntamen- 
te con el carácter de su padrino y el de los otros 
hombres que allí moraban, contribuyó a que el 
suyo también íuera poco comunicativo, triste y 
desconfiado. La influencia avasalladora de la na- 
turaleza, así como también la vida y costumbres 
de los lugareños, apartados casi en absoluto del 
roce con personas media nanamente cultas, queda- 
ron impresos en ella con ra.^gos indelebles y carac- 
terísticos. Por eso era tosca en el trato para con 
los demás y por eso conservaba la mirada enér- 
gica y montaraz de la raza indígena que tanto 
hacía cavilar a Braulio. Los gestos torpes y el 
vocabulario asaz grosero y congruente de sus 
compañeros de tal manera contaminaron a Gabriela 
que, sin pretenderlo, imitaba sus modales pecu- 
liares y hasta opinaba como ellos, pareciéndole 
buenas, muchas de sus negras ideas y de sus 
instintos bestiales. Sin embargo, Gabriela era 
honrada y parecerá paradoja que a pesar de tan 
mala compañía, estuviera orgullosa de su limpia 
virtud, tanto que cuando algún mozalbete intentó 
pellizcarle los- brazos o acariciarle el rostro, lo 
rechazó con violencia, arrojándole con lo que 



AGRESTE 


43 


hallase al alcance de las manos. No sabía lo que 
eran idilios de amor, porque no tuvo tiempo ni 
ocasión de verlos ni de pensar en ellos y eso que 
contaba con veinticinco años, poseía un cuerpo 
bien torneado y vigoroso y en sus facciones des- 
collaba sobre los demás encantos, una salud lo- 
zana y exuberante. ¿Cómo pensar en novios, si 
nadie le dijo jamás una frase cariñosa? No obs- 
tante, recordaba que una vez que zurcía calcetines 
junto a la ventana, echandcj de cuando en cuando 
una mirada investigadora sobre las grandes exten- 
siones de tierra virgen, salpicada por pequeñas 
viviendas, pensó que en una de esas vivía una 
pareja recién casada y en lo felices que serían 
en medio de aquella majestuosa soledad. Esa fué 
la primera y única vez que soñó con llegar a 
poseer una casita y un hombre que la quisiese, 
aunque en recompensa tuviera que hacer todos 
sus gustos . . . No Se sentía aburrida y cansada de 
la estancia de don Manduca y de servir a éste 
lo mejor que pudiera. Nada de eso; era agrade- 
cida y no podía olvidar lo mucho que hizo su 
padrino por ella y el cariño que creía le profesase. 
Nada más que como aquéllo era muy triste, había 
momentos en que un no sé qué misterioso hacía 
vibrar su sensibilidad, sintiéndose con deseos de 
corretear por el campo y de irse a comarcas 
desconocidas. Pero estas locas expansiones poco 
duraban, pues bastaba un grito del patrón o una 
orden de Indalecio, para que la hicieran recordar 



44 


DOMINGO A. CAILLAVA 


que no tenía derecho a salir sola al campo y 
menos aún a marcharse a otros lugares, ya que 
pertenecía al amo y que era el único que podía 
disponer de su porvenir y hasta de su vida. No 
por esto se indignaba ; desde chica habíanla 
acostumbrado a ser sumisa y obediente y estaba 
conforme con su suerte hallándose dispuesta a 
acatar siempre lo que mandara el padrino. 

Por tal razón, cuando Braulio esa mañana, entre 
broma y broma, le habló de un supuesto preten- 
diente, al instante púsose roja, cesó la risa y clavó 
los ojos en el suelo, como si un pensamiento es- 
pantoso hubiera acudido a su memoria. En vano 
Braulio siguió con sus chanzas; Gabriela no sonrió 
más, y procurando disimular su turbación, contestó 
con evasivas, haciendo lo indecible para cambiar 
de tema. Por último, acosada por las preguntas del 
mozo, concluyó por decirle que nó; que no tenía 
novio ; y para no dar otras explicaciones, pretextó 
que el pan ya estaría pronto y que había que sa- 
carlo. Quitó la tapa, y después de cerciorarse que 
efectivamente la masa estaba cocida, empezó a 
extraerlos uno a uno, ayudada por Braulio que se 
encargaba de irlos poniendo dentro de una cesta. 

El joven la miraba con disimulo; no sabía fran- 
camente a qué culpar el cambio tan rápido que 
se operó en ella. ¿Había en su vida algún secreto 
que no se atrevía a revelar? Otro misterio más 
se unía a los que iba descubriendo a medida que 
pasaba el tiempo. 



AGRESTE 


45 


Mientras trabajaban, Gabriela le explicaba cuales 
eran los panes mejor tostados y cuales los que, 
ya por su mala elaboración o por el sitio que 
ocuparon en el horno, no se cocieron bien. Braulio 
la escuchaba atentamente, no por lo que decía, 
si no porque su voz límpida y bien timbrada 
sonaba en su oído con dulce modulidad. 

Nunca se había mostrado tan franca y expan- 
siva, ni nunca le había hablado tan seriamente 
como ese día. 

Concluida la tarea de extraer el pan, Ga- 
Gabriela cogió la cesta, y le dijo: 

— Ahora, basta de prosa que tengo que acomo- 
dar la casa. 

Se fué al comedor y Braulio, fijo en su puesto, 
la siguió con la vista sin perder detalle de la 
forma de su cuerpo y de sus andares, hasta que 
traspuso el umbral de la puerta. 

Después, para disimular su preocupación, comen- 
zó a caminar lentamente hacia el ombú. Nadie 
andaba por allí ; no podía encontrar lugar más a 
propósito para estar solo y entregarse por com- 
pleto a las reflexiones que le asaltaban desde la 
víspera por la tarde Se sentó al pie del árbol 
sobre sus gruesas y nudosas raíces, y estúvose 
largo rato contemplando el hermoso conjunto que 
formaban la vega, el estero y los variados matices 
de verde que lucía la selva en su nueva brotación. 

iDios mío, qué apacible calma reinaba en el 
cielo azul purísimo, en el aire suave y templado. 



46 


DOMINGO Á. CAILLÁVA 


en la tierra iluminada por un sol fuerte y fecun- 
dante que obligaba por momentos a entornar la 
vista 1 ¡Cómo contrastaba la calma del cielo, del 
aire y de la tierra con la intranquilidad que 
sentía en su almal ¿Cuál la razón de este de- 
sasosiego? No se la explicaba. 

¿Qué le importaba la vieja Faustina, ni sus sor- 
tilegios y hechicerías si él no creía en esas cosas? 
¿Qué, el cambio brusco e inexplicable que expe- 
rimentó Gabriela cuando le preguntó si tenía 
novio ¿Qué la vida semi nómade que hacía su 
padre, por su propia voluntad, si a él nadie le 
obligaba a permanecer en la estancia? A pesar 
de no hallar razón para preocuparse así, no podía 
menos de sentir una gran inquietud. Aquella expie- 
sión de tristeza y de pudor que se reflejó en la 
cara de Gabriela al habl.irle de un supuesto pre- 
tendiendiente, y todos los detalles de su vida 
estúpida pasada entre aquellos hombres, que hacían 
de ella un estropajo, una bestiecilla acostumbrada 
a obedecer sin revelarse jamás contra el látigo 
del amo, era lo que le intranquilizaba más; y él 
aunque no tenía porque intervenir en la vida de 
Gabriela, se enfurecía cada vez que su padre la 
rezongaba, y la compadecía cuando la veía tra- 
bajando sin levantar la vista del suelo y sin cambiar 
una sola palabra con los demás, no sólo por res- 
peto a su padrino, cuanto por el cansancio que 
la dominaba. Ella únicamente sonreía, cuando 
Braulio, después de cena, contaba anécdotas chis 



ÁGRESTÉ 47 

tosas, y su sonrisa era tan agradable que, por 
verla, muchas veces, rebuscaba en su magín 
alguna tontería que pudiera causar gracia a la 
joven. No sabía a que atribuir el porque de su 
mirada dura y enigmática; si era un rasgo innato 
en ella o si fué causado por alguna contrariedad 
sufrida en su vida. Y recordaba que cuando habló 
sobre su niñez, no había tal expresión en sus ojos; 
pero cuando le habló del novio, respondió nega- 
tivamente clavándolos en los suyos con tal im- 
perio que le hicieron conmover. 

Braulio, con la cabeza apoyada en las manos 
y el cuerpo casi tendido sobre las raíces del ombú, 
continuó entregado a sus pensamientos sin parar 
mientes en lo que ocurría a su lado, hasta que 
sintió un golpecito en el hombro izquierdo. 

Al volverse, se encontró con don Manduca que 
le miraba atentamente. 

— ¿Se durmió hoy, amigo? 

— Pasé mala noche y por eso no fui al rodeo. 

Una sarcástica sonrisa se dibujó en los labios 

del viejo ; y despué.s de un breve cambio de pa- 
labras, se íueron juntos al comedor donde Gabriela 
los esperaba para servir el almuerzo. 



48 


DOMINGO A. CAILLAVA 


V 

Una semana más tarde llegó el chasque enviado 
por Indalecio Benavides anunciando su próxima 
llegada con la tropa que traía del Brasil. Con tal 
motivo, notóse en la estancia una gran actividad. 
Los peones y agregados, bajo las órdenes del 
patrón, fueron al monte a hacer un camino lo 
suficientemente ancho que permitiera pasar, sin 
enojosas dificultades, el ganado a la orrilla opuesta 
del río para aminorar la distancia, pues don Man- 
duca lo destinaba a otro campo que poseía a unas 
diez leguas de aquel paraje, y que según él, era 
más rico en pasturas y hallábanse en excelentes 
condiciones los cercos de alambre. A los recios 
golpes de las hachas que caían implacables primero 
sobre los ramajes para facilitar el desmonte y 
luego sobre los duros y gruesos troncos, se abría 
la picada : un corredor angosto y desigual, 
librando los canales fangosos y los escarpados 
matorrales, de seis cuadras de largo y que iba a 
terminar a la orilla del río, lugar de poca pro- 
fundidad y de fondo arcilloso. Los ramajes po- 
níanlos a uno y otro lado de la picada a guisa de 
cerco, de suerte que los animales no fueran a 
desparramarse por entre la selva, y los robustos 
vástagos amontonábanlos en un lugar exento de 
vegetación para cuando estuvieran secos llevarlos 



AGRESTE 


49 


a la casa y hacer lumbre con ellos. Ocupado en 
este trabajo, dos días pasó el personal, y hasta 
don Manduca y Braulio tuvieron que prestar ayuda 
para terminarlo lo antes posible porque la tropa 
venía ya muy cerca. 

El día destinado para la llegada, amaneció lleno 
de nubes grises, señales seguras de que horas 
después habría de llover. Desde la mañana, don 
Manduca dispuso que dos hombres salieran a re- 
correr el sitio por donde debía vadear el ganado 
y vigilar las cercanías por si los vecinos estuviesen 
acechándolos, ya que era una cruzada prohibida 
por el propietario de las tierras allende el río y 
por otras razones que no quiso explicar. Los de- 
más íueron al encuentro de la tropa para ayudar 
a los conductores en la travesía del estero, porque 
entre los altos y compactos pajonales, podían ex- 
traviarse o dejarse estar allí ocultos algunos no- 
villos resabiados. Don Manduca esperaba en la 
estancia al chasque, pero como éste no aparecía,- 
impaciente y malhumorado, salía al ])atio, dirigía 
la vista a los lugares por donde habría de venir, 
tornando después al galpón a continuar el mate 
amargo que le cebaba un negrito semi- desnudo 

Recién a media tarde, cuando comenzaba a 
llover, llegó un jinete, en un flaco y manso rocín, 
quién dijo al amo qne la tropa había entrado a 
su campo. 

— ¿Naide los ha visto? 

— Parece que no — repuso el hombre. 



60 DOMINGO Á. CAlLLAVA 

— ¿Y está pronta la gente pa seguir viaje? 

— Sigún dice el capataz, si señor. 

— Vamo, antonce. 

Ponía el pié en el estribo, cuando Braulio se le 
acercó ofreciéndose para ir con él y prestar su 
ayuda en lo que fuere necesario. Don Manduca 
lo miró un instante en silencio y luego le agra- 
deció de esta manera: 

— No amigo; llueve juerte, ¿pa qué se va a 
mojar? Dejesé estar aquí nomás, que como sernos 
muchos vandearemos el ganao sin ningún contra- 
tiempo. 

Braulio insistió en su oferta, pero el viejo bra- 
sileño sin responderle, espoleó los ijares de su 
bayo y, bien emponchado, salió al galope en com- 
pañía del chasque^ cuando más recrudecía el chapa- 
rrón, formando una neblina tan densa que a pocos 
pasos de distancia se perdieron de vístalos jinetes. 

Mucho lamentó el joven la opisición de su padre 
pues quería mostrarse siempre dispuesto y traba- 
jador, como lo era realmente, y porque conside- 
raba que en tal ocasión podía ser útil su presencia. 
Estuvo a punto de ensillar cualquier caballo que 
se hallara cerc.-i y seguir detrás de los que ya 
habían salido, pero pensó que pudiera no agradar 
a su padre esa actitud y por eso se abstuvo de 
hacerlo. 

Obscurecía cuando fué al comedor y se encon- 
tró con Gabriela que estaba remendando ropa. 
Los dos jóvenes entablaron conversación. 



AGRESTE 


51 


— ¿No fué al campo? 

— Tata no quiso. 

Gabriela se sonrió burlándose del mozo, pues 
le parecía que si no había ido, fué por temor al 
mal tiempo. No se sorprendió Braulio de esa risa 
burlona; ¡era tan frecuente en ellal... ¿Sería 
imposible entablar una amistad verdadera con la 
muchacha? El nozo hacíale preguntas sobre tantas 
rarezas que veía en la estancia sólo por la simple 
llegada de una tropa comprada en el Brasil. 
Realmente no se explicaba el empeño de don 
Manduca de hacer cruzar la hacienda en un paso 
inapropiado hallándose cerca el del camino na- 
cional; ni porqué salieron de mañana los dos 
hombres a investigar el vado y a observar el 
movimiento de los vecinos y menos aún el con- 
tento que vislumbró en los ojos de su padre cuando 
vió que él no lo acompañaría. 

La joven lo escuchó sin interrumpirlo. Cuando 
hubo terminado le dijo: 

— Entonce, usted no sabe nada. 

— ¿Cómo no .sé? 

— Que ese ganado es . . . 

— Ah! sí; comprendo; que tata... tata... 

— No, que jué Indalecio. 

— ¿ Indalecio ? 

— Él es que lo trae de allá. 

— No sabía — exclamó con fingida naturalidad. 

— Esto se hace en buen tiempo y cuando están 
bajos los arroyos. 



é2 DOMINGO A. CAILLAvA 


— ¿Y nunca... pasa nada? 

— 1 Qué va pasar ! Si son más zonzos los maca- 
cos! Y soltó una carcnjada. Braulio queriendo disi- 
mular el desagrado que le causaba la revelación, 
esforzóse por sonreír; empero, Gabriela compren, 
dió que sus palabras turbaban a su interlocutor. 

— ¿Y qué hacen con esos ganados? 

— Cuando engordan los llevan a la tablada. 

— ¿Nadie los ha descubierto todavía? 

— No; la gente de aquí es de confianza y dispués, 
pa eso se manda a bombear el movimiento de los 
vecinos, porque hay uno que parece que malicea 
algo por la manera de andar en el monte como 
buscando el rastro, y porque cada vez que viene 
hasta la estancia, no hace más que revisar toditas 
las cosas. Si es el mismo diablo en persona. 

De esta suerte, Gabriela refirió a su compañero 
cómo se hacían los malones; cómo los ocultaban; 
las astutas estratagemas de que había que valerse 
para burlar la acción policial y cualquier otra 
pesquisa. Le dijo también que esta vez se habían 
visto obligados a hacer la picada y pasar oculta- 
mente la hacienda, porque sabían que si iban por 
el paso del camino real, serían capturados sin 
remedio, ya que desde unos meses al presente, 
vecinos y policías los vigilaban mucho, no per- 
diendo pista de sus salidas sospechosas. Y relataba 
estos pormenores con tal convencimiento de que 
al obrar así procedían bien, que Braulio se quedó 
horrorizado al escucharla. 



AGRESTE 


B3 


La muchacha se dio cuenta de que ignoraba 
todo lo que se hacía en la estancia y pensando 
que había sido muy indiscreta, se sonrojó y dijo 
con cortedad : 

— Yo no debí contarle estas cosas, porque veo 
que usted no estaba enterado de nada y ahora 
quien sabe lo que irá a decirme padrino cuando 
sepa que ando hablando . . . 

— No se alarme — la interrumpió Braulio — le 
prometo que no repetiré una palabra de lo que 
he oído. 

Gabriela, a pesar de esta promesa, bien se guardó 
de seguir refiriendo otros detalles; se limitó úni- 
camente a contestar algunas preguntas excusán- 
dose de haber sido tan chismosa^ según su decir. 

Entretanto la noche había llegado. La lluvia 
arreciaba y los relámpagos rompían la densa 
obscuridad con sus bruscos chispazos eléctricos. 
A intervalos, rachas huracanadas silbaban en las 
hendiduras haciendo parpadear la débil luz de la 
lámpara del comedor, y a su impulso, colábanse 
por las rendijas de las ventanas finísimos hilos de 
agua, que se escurrían por la pared hasta llegar 
al piso de madera donde se estacionaban formando 
pequeñas lagunitas. 

Gabriela se levantó de su asiento y alarmada 
por la tardanza de los hombres y el temporal 
que crecía cada vez más, se asomó a la puerta 
como para ver algo en aquella lobreguez, pero el 
fuerte viento reinante la hizo entrar inmeditamente. 



64 


DOMINGO A. CAILLAVA 


— I Qué nochecita, santo Dios 1 — exclamó se- 
cándose el rostro salpicado de gotas. 

— Quién sabe tata y los demás, no han perdido 
el rumbo — articuló Braulio para no estar callado. 

— iQué han de perderlo 1 Si son más baquianos 
que perros cimarrones, — argüyó la joven mientras 
se disponía a tender el mantel y preparar la mesa 
para la cena. 

Braulio estuvo largo rato cabizbajo, sin levantar 
la vista y sin preocuparse de lo que Gabriela 
hacía. 

— ¿Qué le pasa, don Braulio? 

— Nada; estaba pensando en todo lo que me ha 
contado. 

— Por Dios, don Braulio, no vaya a decir a 
naide nadita de esto. 

— Le aseguro Gabriela, que soy prudente y sé 
guardar un secreto. 

Tanto bien proporcionaron estas palabras a la 
muchacha que se tranquilizó en seguida y Braulio 
notó en su mirada una infinita expresión de agra- 
decimiento. 

Aprovechó esta circunstancia para explicarle lo 
que significaba el hurto; cómo era castigado este 
delito por las autoridades y condenado por las 
personas honradas. Viendo que Gabriela demos- 
traba interesarse por lo que le decía, le pidió que 
no se hiciera cómplice de su padre y de Indalecio, 
que aquellas cosas sentaban muy mal en una 
mujer como ella, que no debía aprobar esos actos 



AGRESTE 


65 


de cuatrerísmo y que en adelante debía procurar 
ser una persona honrada, « como lo son todos los 
buenos ». 

Estas últimas palabras repercutieron varias veces 
en sus oídos, cuando Braulio terminó su diserta- 
ción moralista, ¿Es que entonces su padrino no 
era un hombre bueno? Y lo decía él, su propio 
hijo, que debía ser el primero en defenderlo y 
no en acusarlo. Esto no estaba bien; un hijo debe 
callar y ocultar los defectos de sus progenitores, 
tal era su modo de pensar. Por este motivo pro- 
dújose una pequeña discusión, en la que Braulio 
procuró disuadirla de su error y en la que Ga- 
briela, por su parte, quería rebatir los argumen- 
tos de él; pero lejos, muy lejos, estaba de poder 
conseguirlo dada su falta de instrucción. 

De pronto, la puerta giró sobre los goznes 
ferruginosos y dió entrada a don Manduca y a 
otro hombre, emponchados ambos, y con los 
sombreros deformados y desteñidos, metidos hasta 
las cejas. 

Después que se quitaron los abrigos y cham- 
bergos, se vió que el desconocido, por el color 
bronceado de la tez, por sus ojos obscuros como 
por la negra y reluciente cabellera que caía 
sobre las orejas y el cuello, debía ser un mes- 
tizo. Tenía además la nariz achatada, bigote ralo 
y no era ni bajo ni alto, pero sí delgado, de 
extrema delgadez, tanto que el cinto no paraba 
en la cintura, dejando entrever entre el chaleco 



56 


DOMINGO A. CAILLAVA 


y las bombachas, parte de la camisa que cubría 
el escuálido vientre. Llevaba americana y botas 
de becerro acompañadas por pesadas y bullicio- 
sas espuelas de acero, y, atravesado en el cinto, 
un largo facón con cabo de plata, muy usado, a 
juzgar por su vaina lustrosa y destrozada. En 
una de sus manos, faltábale el dedo pulgar y en 
la otra una cicatriz en forma de media luna, 
confirmaba que el hombre se había hallado en 
más de una contienda peligrosa. Se saludaron 
con Braulio, y don Manduca hizo la presen- 
tación : 

— Este el mentao Indalecio Benavides, mi capa- 
taz; y éste, es mi hijo Braulio del que ya te 
hablé en otras ocasiones. 

Los dos se volvieron a estrechar las manos. 
Ninguna satisfacción por haberlo conocido expe- 
rimentó Braulio y algo semejante debió ocurrirle 
al paisano, porque no se dibujó en su cara el 
menor indicio de alegría. 

Don Manduca narró en frases pintorescas las 
dificultades con que lucharon para hacer pasar 
los animales a la orilla opuesta, debido a la 
fuerte tempestad ; y se mostraba contento porque 
a pesar de algunos contratiempos, la hacienda 
no se perjudicó mayormente, aunque ellos tuvie- 
ron que empaparse de la cabeza a los pies, pues 
con lluvia tan torrencial los ponchos de lana no 
sirvieron de impermeables. 

Braulio y Gabriela lo escuchaban en silencio. 



AGRESTE 


57 


interesados por saber todos los detalles de ese 
extraordinario acontecimiento, y Benavides intentó 
liar un cigarrillo, pero le fué imposible, porque 
los dedos estaban ateridos de frío. De a hurta- 
dillas, miraba de reojo a Braulio, quien también no 
lo perdía de vista, y aconteció que varias veces 
una y otra mirada se encontraron frente a frente, 
creyendo ver el mozo en la de Indalecio cierto 
encono y desconfianza. 

Cuando el estanciero terminó el relato, filáronse 
éste y el capataz a cambiarse de ropa, y enton- 
ces Braulio intentó averiguar por Gabriela algu- 
nos datos sobre el que acababa de conocer, mas 
la muchacha limitóse a contestar dos o tres 
veces con movimientos de cabeza, temiendo sin 
duda que la oyeran. 



58 


DOMINGO A. CAILLAVA 


VI 

Indíllecio Benavides, contaba a la sazón 
cuarenta años, pero fuera por el temple de acero 
de su cuerpo y por la agilidad que demostraba 
en los rudos trabajos pastoriles, fuera por su 
fisonomía indígena, es lo cierto que hubiese sido 
difícil calcular, más o menos exactamente, su 
verdadera edad. ;De dónde era? Difícil saberlo. 
Siendo joven, llegó una tarde a la estancia de 
don Manduca pidiendo hospitalidad para pasar 
la noche, y entre pregunta va y pregunta viene, 
el dueño de casa logró averiguar que andaba 
caminando sin rumbo fijo en busca de un pago 
donde no le conocieran, porque allá, en el suyo, 
tuvo la desgracia de tener que intervenir en una 
reyerta de amigos, viéndose en el ineludible 
trance de descerrajarle dos tiros a uno de ellos, 
los que fatalmente dieron en blanco ocasionán- 
dole la muerte de inmediato. Huyó del lugar 
para librarse de ir a presidio y como era muy 
baquiano, logró ponerse a salvo de la policía, 
queriendo la suerte que diese con un hombre 
amigo de proteger a los necesitados, como lo 
era don Manduca. Este, condolido por la desven- 
tura de Benavides, le propuso radicarse allí, pues 
le daría lo que nece itaba para vivir, quedando 
obligado a ayudar en los grandes trabajos de 



AGRESTE 


59 


campo o de la marcación. Como cumpliera fiel- 
mente con sus órdenes, don Manduca llegó a 
estimarlo de veras y así fué como el hombre 
quedó primero en calidad de agregado, y más 
tarde de capataz. A pesar de tantos años de 
estrecha vinculación, don Manduca no logró 
conocer jamás a fondo su verdadero carácter. 
Gastaba pocas palabras en las conversaciones; 
mirtiba de reojo, y cuando veíase obligado a 
reprobar sus mandatos, rehuía de situación tan 
embarazosa retirándose al galpón o a la ramada* 
Más de una vez Junqueiro le oyó decir cuando 
se iba, como reprendiéndose a sí mismo: 

— Es el patrón... no se puede. 

Que el hombre tenía malas entrañas y que 
ninguna compasión le inspiraba el dolor ajeno, 
no cabía duda ; lo demostraba claramente en sus 
apreciaciones, en la indiferencia por la suerte 
del prójimo y hasta en la lúgubre sonrisa con 
que recibía la noticia de algún suceso vandálico 
o macabro ocurrido en las cercanías. 

A veces, Gabriela, fastidiada por su modo de 
ser, le había dicho que era una barbaridad reirse 
de cosas tan graves y serias, pero él siempre 
respondió lo mismo: 

— ¿Y de ahí? Si se degüeya tanta 3'^egua linda 
sólo pa hacer botas, i por qué no han de matar 
a los cristianos que ya no sirven pa nada en este 
mundo ? 

Así juzgaba los crímenes perpetrados con ale- 



60 


DOMINGO A. CAIVALLA 


vosía. Decía también que había que aprovecharse 
de los tontos, que para eso nacieron, pues sin 
ellos tampoco habrían vivos. Por lo demás, estaba 
dispuesto a no meterse en otras farras^ siempre 
que no lo provocasen se entiende, porque encon- 
trábase muy bien en aquel lugar y no era el caso 
de que por culpa de un simple incidente, tuviera 
que evadir del pago y volver a la vida de antes, 
de vagabundo sin paradero fijo, y lo que es peor, 
de delincuente obligado por su delito a vivir oculto 
en lo tupido de las selvas o en las asperezas de 
las serranías. Don Manduca procedió con acierto 
en brindarle hospitalidad. Pocos hombres como 
Indalecio podría encontrar que le sirvieran mejor, 
que le cuidara la espalda en caso de apuro y que 
fuese un excelente jefe para dirigir gavillas y 
llevar a cabo robos de haciendas. Desde la vez 
que le propuso apoderarse de lo ajeno, aceptó de 
buen grado, pero con una condición: que las ganan- 
cias de estos negocios se repartieran en lotes igua- 
les, correspondiendo, como es lógico, uno a él. 
Cuando el viejo brasileño, oyó tal cosa frunció el 
entrecejo, se rascó la cabeza y se opuso resuelta- 
mente a sus exigencias ; pero aquél se aferró de tal 
manera en que así habría de ser el trato, que el 
otro se vió obligado a ceder ; y desde entonces 
los hurtos que realizaban fueron siempre en so- 
ciedad, por más que Junqueiro, en las divisiones 
de las utilidades, se rebelaba diciendo que sus 
pretensiones eran desmedidas. Benavides, sin al- 



AGRESTE 6Í 

terarse, lo llamaba a sosiego, amenazándolo con 
denunciarlo ante los vecinos y si fuera necesario, 
a la propia autoridad. El mestizo, no era 
tonto ni cosa semejante ; bien lo atestiguan los 
hechos citados y otros que se relatarán en opor- 
tunidad. Tal era su dominio sobre don Manduca, 
que lo que exigiera en paga de sus invalorables 
servicios^ tarde o temprano lo conseguía sin gran 
dificultad. 

Un domingo por la tarde, en que se hallaban 
ambos sentíidos en el galpón, solos, pues lo.s peo- 
nes habían ido hasta las pulperías próximas, Inda- 
lecio le dijo al amo: 

— ¿Patrón, ricuerda lo que me prometió vez 
pasada ? 

— ¿Qué te prometí?, — exclamó el aludido, como 
si no recordara de qué le hablaban. 

— ¡Cómol, ¿^’^a no si acuerda más? 

— ¿A qué te referís? 

— Usté, el año pasado, me dijo que pa la pri- 
mavera me iba a dar a Gabriela. ¿No ricuerda? 

El viejo asintió con la cabeza, pero su semblante 
se transfiguró. Aquella expresión alegre que tenía 
en su rostro, un momento antes cuando estuvieron 
hablando de las futuras ganancias a realizar, se 
esfumó como por encanto al oir las palabras de 
Benavides. 

Y como guardara silencio, éste agregó : 

— Vea patrón que ya estamo en primavera. 

— Hay tiempo amigo, hay tiempo, 



6-3 


bOMiíÍGÓ A. CAÍLLAVA 


— Maliceo que usté no quiere consentir que 
Gabriela sea pa mí, dijo el indio con un gesto de 
amenaza, que hizo experimentar al estanciero un 
escalofrío en todo el cuerpo. 

— Yo sé cumplir con mi palabra, ¿qué te pen- 
ses? — repuso haciendo alarde de valor que por 
cierto le faltaba en absoluto. 

— No desconfío de su palabra, pero la cosa se 
está tardando mucho. 

— Mirá Indalecio, bien sabés que no gusta de 
vos; ¿pa qué querés juntarte a la jiierza? 

— A la mujer, no se pregunta si lo quiere a 
uno o nó; se la manda y nadita más. 

— Sosegate de locuras. ¿No comprendés que 
Gabriela vale mucho y que no tenés derecho a 
ella ? 

— Patrón, me está ofendiendo,— arguyo el mes- 
tizo, clavando su mirada con imperio en la de su 
interlocutor. 

— Es que estás mal acostiimbrao , canejo, y 
querés salir siempre con la tuya. 

— No es eso, patrón. Usté sabe que 3^0 la quiero 
a su ahijada y por eso se la pido. 

Y tras una pausa, añadió: 

— Y dispués que usté prometió dármela. ¿Se 
ha olvidao.í^ 

— Ya te dije que yo no me olvido de nada. 

— Antonce, ¿por qué no cumple? 

A tal pregunta, don Manduca respondió con 
pretextos que por cierto no convencieron de modo 



ÁGRÉSTÍ3 


6á 

alguno al astuto capataz, que poco a poco se iba 
incomodando con la negativa, aunque procuraba 
aparentar tranquilidad. 

Así siguieron ambos; el uno insistiendo con afán 
en el pedido que consideraba justificado ; el otro, 
esquivándose de acceder a él, aunque no hallaba 
motivos para negarse. 

Tanto anduvieron que si éste, que si aquél 
tenía razón, hasta que Benavides terminó por 
fastidiarse del todo y entonces prorrumpió a 
gritos: 

— ¿Me la niega de cualquier modo? Güeno, 
Vo3^ a contar a tuitos, y a ella mesma tamién, 
cómo ocurrió la quemazón del « puesto del alto 
grande » y quién la mandó hacer y cómo murió 
la finada Rafaela. 

— Calíate Indalecio 1 

Pero el indio, de tan irritado que estaba, no 
atendía a las súplicas del patrón ; antes bien, al- 
zaba más la voz, paseándose de un extremo al 
otro del galpón, como un puma enfurecido. Don 
Manduca estaba trémulo. Nunca había visto a 
Benavides encolerizado como esa tarde ; él sabía 
que el hombre así como en ciertas ocasiones era 
un buen compañero, en caso de desavenencias 
podía ser un temible enemigo ; por eso callaba 
sin atreverse a contrariarlo más. 

— También voy a contar lo de los robos de 
ganao y otras cosas que no hay pa qué decirlas, 
porque usté las sabe mejor que yo. 



64 DOMINGO A. CÁILLAVÁ 

— Echame nomás, si te parece, todas las cul- 
pas a mí solo. 

Y siguió : 

— ¿Quién jué entonce el que me mandó a 
matar al finao don Dimas , p a quedarse con 
con su mujer? ¿Y quién jué el que me obligó, 
porque yo no quería hacerlo, a quemar el puesto 
pa que muriera adentro la madre de Gabriela? 
;Y quién me hizo dir a rondar en el monte al 
vecino don Eufrasio pa pegarle una paliza? 

— Bueno, calíate, te digo, no ves que te van a 
oir las mujeres. Todo eso ya ha pasao; no hay 
pa qué mentarlo aura. 

El color del rostro de don Manduca, pálido y 
bilioso por temperamento, adquiría a cada ins- 
tante tintes más sombríos y enfermizos, quizá 
al ir recordando con todos los detalles, los hechos 
que citaba Be na vides y que él no pudo recha- 
zarlos por falsos. Indalecio, conociendo que el 
viejo hacendado estaba algo atemorizado, insistió 
una vez más: 

— ¿Me la va a dar, o no me la va a dar? 

Junqueiro vaciló un minuto; pero no tuvo más 

remedio que decir que sí con la cabeza, porque 
veía el caso muy grave, ya que su contrincante 
habíase colocado detrás suyo, dispuesto tal vez 
a acometerlo si respondía negativamente. 

— Ya me figuraba que usted iba a cumplir 
con su palabra. Si usté jué siempre muy cumpli- 
dor — murmuró el mestizo dibujándose en sus 



AGRESTE 


66 


labios una sonrisa irónica y cruel. Después se 
restregó las manos muy ufano por el éxito que 
acababa de obtener en aquella disputa, y como 
don Manduca permaneciera en silencio, acercó- 
sele lo suficiente para poner la mano sobre el 
hombro y decirle en voz baja : 

- Patrón, ¿ no sabe que siempre tenemos que 
andar muy unidos, pa que entre los dos queden 
tuitas las cosas que han pasao y naide las llegue 
a saber? Si no nos tapamos el uno al otro y no 
nos defendemos en casos apuraos, como güenos 
compañeros, ¿ quién antonce va a mirar por nos- 
otros ? 

Con tan contundente razonamiento, don Man- 
duca hubo de ceder. Le estrechó la mano y le 
prometió que Gabriela sería suya y que hablaría 
con ella a ese respecto, aunque estaba seguro 
de su descontento, pero como él era el que 
mandaba, no tendría otro remedio que acatar 
sus órdenes. 

Este diálogo tuvo lugar varias semanas antes 
de la llegada de Braulio ; y unos días después, 
don Manduca con la voz gangosa y acento auto- 
ritario, le comunicó a Gabriela su decisión ; esto 
es, que para fines de la primavera habiía de ser 
la mujer de Indalecio porque la quería y porque 
él también sentíase satisfecho de que se realizara 
esa unión, siendo ambos, como eran, verdaderos 
hijos suyos. 

¿Qué razón en contra podría aducir la joven 



é6 DOMINGO Á. CAIVALLÁ 

a su padrino si la había acostumbrado a la obe- 
diencia y a reconocer que lo poco que valía lo 
debía todo a él ? Sin embargo, por dos veces 
quiso protestar, diciendo que no gustaba de aquel 
hombre, pero como don Manduca insistió en su 
proposición, calló inmediatamente. 

La exigua alegría que había en el alma de 
Gabriela, desde entonces se esfumó por completo. 
No míls dulces ensoñaciones, propias de un cora- 
zón juvenil ; no más alegres retozos de chiquilla 
fuerte y sana. Si ese hombre le fué siempre 
antipático, ahoni sentía tal repudio contra él que 
ni soportar podía su presencia. De ahí que a 
Braulio le extrañara su mirada dura y enigmá- 
tica, y de ahí que cuando le habló del preten- 
diente imaginado , pusiérase triste y taciturna, 
pensando quizá que su destino ya estaba deci- 
dido. 



ÁGRÉS^E 


67 


VII 


Llegaba Diciembre, el último mes ele la prima- 
vera, y con él, las tardes serenas y las noches 
templadas y rumorosas. Cesaban los vientos que 
soplaron con furia en los meses anteriores y dis- 
minuían las tormentíis de larga duración. 

Reverdecían las cuchillas cubiertas de pasturas 
nuevas y de millares de florecillas blancas y amo- 
ratadas que las bestias hambrientas arrancaban 
despiadadamente hasta hartarse para después, en 
las horas de más sol, tenderse en las laderas al 
amparo de las cuchillas y dormitar tranquilas, 
como buenas holgazanes que eran ; un susurro 
suave producían las cañadas, donde la corriente 
en estrecho cauce, saltaba sobre lechos de piedra, 
a modo de pequeñas cascadas y huía veloz ha- 
ciendo zig-zag para librarse de las prominencias 
que pretendían obstaculizar su paso ; crecía el 
maíz en las huertas, con ínfulas de gran señor, 
porque sabía que andando el tiempo llegaría a 
sobrepasar en altura a la multitud de yuyos que 
nacieron en los rastrojos; y un enjambre de pája- 
ros de distintos tipos y plumajes, acudían todas 
las mañanas al corpulento ombú, y desde allí en- 
tonaban sus mejores melodías, atisbando a los la- 
bradores por si desparramaban granos fuera del 



éé DOMINGO A. CAÍLLAVA 

surco, para ir volando en tropel a engulliríos cóii 
glotonería. 

Como amanecía más temprano, el personal ma- 
drugaba mucho para tener tiempo suficiente de 
churrasquear y tomar unos mates antes de ir a 
sus ocupaciones; otro tanto hacían don Manduca 
y Braulio que, como era la época en que aumenta- 
ban los trabajos de rodeo, tenían que levantarse 
antes de lo de costumbre. Regresaban los hombres 
a mediodía, transidos, sudorosos, con más deseos 
de acostarse que de almorzar; y no bien termi 
naban de comer, así lo hacían ; quién tendíase 
sobre los pellones, puestos en el suelo, a la sombra 
del ombú, quién encima de la pila de cueros 
secos que estaba en el galpón ; éste, en tal cual 
catre de lona medio despanzurrado, aquél, sobre 
el piso de tierra de alguno de los cuartuchos 
buscando la penumbra para librarse de la molestia 
de las moscas, y el patrón y Braulio en sus res- 
pectivas camas. Las primeras siestas del año y 
por lo tanto, las más agradables, porque el calor 
no era tan intenso que impidiese dormir a gusto 
como ocurre en el estío. 

Gabriela no dormía a esa hora, porque se lo 
privaban sus muchos quehaceres, teniendo que 
renunciar de mala gana, por supuesto, a un des- 
canso no sólo apetecible, sino también necesario. 
Empero, ese mediodía, no resistió a la tentación 
de arrojarse sobre unos cajones vacíos que habían 
en el patio, colocados en uno de los ángulos y 



AGRESTE 


69 


que en ese instante el sol no los ancanzaba ya. 

¡Cualquiera resistía aquel bochorno ! Por un 
lado, la pesadez atmosférica que desde la mañana 
fastidiaba incesantemente; por otro, el sol que 
abrasaba como un ascua, y aparte de estos dos 
factores importantes coadyuvaba a que fuera más 
fuerte el calor, el vaho que despedía la tierra y 
los abejones y mosquitos que no hacían otra cosa 
que zumbar alrededor de las personas. 

Despertóse sobresaltada Gabriela, por los la- 
dridos de la jauría. ¿Llegaría alguien? 

Se incorporó; y como de ese sitio nada viera, 
aproximándose a la esquina del edificio, descubrió 
a una mujer y un chicuelo, montados en flacos 
jamelgos, que detuvieron la marcha frente a la 
ramada a la espera de que apareciese alguno de 
la casa, pues no se animaban a descender por 
temor a los perros. 

— Ave María Purísima — vociferaba la mujer 
llena de espanto. Gabriela reconoció a los llegados. 
Era la vieja Faustina y su ahijado Toribio, un 
arrapiezo sanóte, más inflado que gordo y que 
podría dársele hasta diez años de edad. 

Llegó junto a ellos y después de espantar a los 
canes para que cesaran en sus hostilidades, les dijo : 

— Buenas tardes. Abájesen. 

La vieja, correspondiendo a la invitación, sin 
aguardar a que nadie la ayudara, saltó al suelo 
y estiró su diestra a la joven,» que la saludó con 
indiferencia. 



70 


DOMINGO A. CAILLAVA 


— Vamos pa dentro. 

La vieja se disponía a seguirla, pero de pronto 
se detuvo volviéndose hacia Toribio. 

— Gurí, acomode esos mancarrones po ahí, y 
ate bien las riendas, no vaya a ser cosa que las 
pisen y ruempan los bocados. 

Doña Faustina era aquella vieja que semanas 
antes había visto Braulio, cuando recorría el po- 
trero de invernada en compañía de su padre. Si 
la viese ahora, no le impresionaría como entonces, 
porque para hacer esta visita se vistió cual una 
señorona. Traía una pollera azul, descolorida y 
tan larga que no la dejaba caminar sin dar a 
cada paso un formidable tropezón; el escuálido 
busto lo cubría una bata, que en sus buenas épo- 
cas debió ser negra, pero que a través de varios 
años de uso, era de color verde, muy remendada 
y llena de blondas blancas y de extrañas puntillas. 
En la cabeza un pañuelo de gran tamaño; y com- 
pletaba la vestimenta, cierta cinta de terciopelo 
azul que le rodeaba el cuello y otro pañuelo que 
tenía en las manos y se empeñaba en lucirlo, pues 
no hacía otra cosa que desplegarlo, estrujarlo, y 
volverlo a tender sobre las rodillas para que la 
joven se apercibiera de aquella preciosidad. 

Por lo regular, sólo dos veces por año, venía 
de visita a la estancia; una en otoño y otra en 
primavera; y no venía más, porque don Manduca 
le tenía prohibido frecuentar su casa, que si fuera 
por su gusto, haría una escapada todas las se- 



AGRESTE 


71 


manas, porque al regresar nunc¿i volvía con las 
manos vacías. Tanto hablaba de su probreza,que 
Gabriela, compadecida de su miseria, le regalaba 
trapos viejos, comestibles y algunas monedas que 
guardaba en su cajita de ahorros. 

No se crea por eso que simpatizaba con doña 
Faustina. Nació esta amistad por la compasión 
que le inspiraba su pobreza y también porque 
deseaba conservar en buena armonía sus relacio- 
nes con ella, ya que, según decían por ahí, la 
vieja era hruja y no convenía exponerse a ser 
víctima de sus maleficios. 

Esa tarde, Gabriela la recibió contrariada por- 
que se hallaban en casa su padrino, Braulio y 
Benavides, y temía que no miraran con buenos 
ojos aquel recibimiento. Por otra parte, no podía 
despedirla sin mediar ningún motivo poderoso. 

— Hacía tiempito que no venía pu acá— mur- 
muró la vieja sonriente y animada por la deferen- 
cia de que era objeto por parte de la jo\'^en. 

— Es verdad doña Faustina; desde el verano 
que pasó la última manga de langosta. ¿No fué 
entonces? 

— Ta equivocada, patrona; jué cuando estuvo 
en cama don Indalecio, de risulta de aqueya ro- 
dada que llevó apartando novillos. ¿No ricuerda? 

— Ah! sí; tiene razón, — balbuceó la moza como 
si su frágil memoria recordase el hecho. 

— ¡Pobre don Indalecio! Lejo en lejo, llega por 
casa a dejarme unos vintenes. iQué Dios se los 



72 


DOMINGO A. CAILLAVA 


pague! No e ansina por cierto don Manduca, que 
nunca si acuerda de darme ni un rial pa tabaco. 

— No diga eso, doña Faustina, que si es verdad 
que no le da plata, al menos le manda por Toribio 
alguna paleta o algún espinazo, cuando se carnea 
vaca. 

— Pa no andar con el freno en la mano ¿ver- 
dad ? — exclamó la vieja mirando hacia la puerta, 
con desconfianza de que el amo la estuviera 
oyendo. — Es más miserable que el dijunto gallego 
don López, que Dios tenga en la glor'a. ¿No si 
acuerda de don López? 

Gabriela indicó que nó con la cabeza, y la vieja 
hizo el paralelo de ambos hombres, en el que 
salió beneficiado el tal López. 

— ¿Quiere un mate? 

— ¿Cómo no?, si hace más tiempo que no verdeo 
con yerba buena. 

— Eh, Ramona, traigamé una pava con agua 
caliente. 

— Digamé, patroncita, y ese mozo sin bigote y 
medio vestido a lo pueblero, ¿es Braulio, el hijo 
de la finaíta mujer de don Manduca? 

— Sí. Usté lo conoció cuando gurí. ¿No es cierto? 

— Mesmo; si puedo decir que casi lo crié en 

mi pecho, porque usté habrá oído decir, que la 
finaíta jué siempre muy enferma. 

Y aquí empezó la historia de cómo y porqué 
don Manduca se había casado con la madre de 
Braulio; el nacimiento de éste y otros pormenores. 



AGRESTE 


73 


entrelazándolos con los episodios más importantes 
de su propia vida, como si fueran a interesar a 
la muchacha que callada, le alcanzaba el mate de 
tarde en tarde, para que no.se le secara la gar- 
ganta con tan largo discurso. 

Viendo que el tema no interesaba a Gabriela, 
cambió de conversación: 

— Patrona, yo vine... sabe... porque tengo que... 
hablarle. 

— ¿ Hablarme ? 

— Sí; de cosas que mucho le importan. 

Gabriela se sonrojó. Después de cierta vacila- 
ción, la hizo pasar al cuarto de huéspedes para 
conversar a solas. 

Se ubicaron en dos banquetas de asiento de 
cuero; doña Faustina en un ángulo de la piezucha 
para esquivar que la luz fortísima que a esa hora 
todo lo envolvía, iluminara su rostro. 

La joven la miró de soslayo, interesada por 
saber qué la traería ; y la vieja, tosió, pasóse la 
mano por los ojos legañosos y arregló los pliegues 
del vestido; todos gestos de intranquilidad y de- 
saso.-^iego. 

— Yo venía . . . sabe . . . porque don Indalecio me 
pidió que viniera a prosiar con usté, patrona. 

Doña Faustina continuó diciendo que el capataz 
fué a su choza a manifestarle que estaba muy 
apenado por la manera con que Gabriela oía sus 
palabras; que también había notado que a me- 
dida que pasaban los días aquel afecto y simpatía 



74 


DOMINGO A. CAILLAVA 


que ella en otrora derrostró profesarle, se trocaba 
en indiferencia y hasta, tal vez, en aborrecimiento. 
Que por eso había pedido que viniese a decirle 
que cada día la quería más y que deseaba casarse 
cuanto antes, ya que de seguir así la vida se le 
hacía intolerable. 

— Usté no sabe tuito lo que vale. Si sabré yo 
que lo conozco desde que era mocito nuevo, ansina 
má o meno como Juancito. 

— Mire doña Faustina, no me hable más de ese 
hombre. 

— ¿Le fastidia mi prosa? 

— No es eso. Es que cada vez que viene acá, 
usté sale con lo de siempre. 

— Está lo mesmo que potranca cosquillosa ; puro 
escarceo nomás. 

— Bueno; le digo que se calle. ¿Ha oído? 

El gesto enérgico de Gabriela, le obligó a sellar 
los labios. Doña Faustina comprendiendo que 
había procedido con ligereza y que de esta forma, 
su mLión ^ no obtendría el éxito que esperaba, 
optó por apaciguarse y cambiar de tema, en tanto 
a Gabriela no se le pasara el enfado. 

Tratáronse otros asuntos, pero más tarde la con- 
versación volvió a recaer sobre el mismo punto. 

— Es una lástima, patrona, que despresee ansina 
a un mozo tan güeno como lo es don Indalecio. 

— Si jiiese tan güeno como usté dice, no me 
andaría cargoseando, ya que sabe que no gusto 
de él. 



AGRESTE 


75 


— Pero, ¿qué quiere, Gabriela, si el hombre 
está muy enamorao? Además, no ¿dicen que el 
patrón se la dió pa él? ¿\^ no dicen tamién, que 
cuando se casen le va a dar a usté una puntita 
de vacas y doscientas ovejas, que ya es un capi- 
talito lindo? 

— Así chismosean algunas lenguas. 

— Patrona, no vaya a creer que son cosas mías. 
A mí me lo contó Segovia, vez pasada; y usté 
sabe que de los piones, es el crédito del patrón. 

— Sí, sí, todos son güenos, cuando les conviene, — 
repuso la muchacha poniéndose de pié y dirigién- 
dose a la cocina donde fué en busca de dos po- 
cilios con café. 

Tornó con los utensilios, y mientras atendía a 
Juancito que vino con un encargo de don Man- 
duca, la vieja, rápidamente extrajo de su bolsillo 
un paquete conteniendo cierto polvo amarillento 
y lo arrojó dentro de la taza de Gabriela, sin que 
ésta lo notara 

Sentóse, y siguieron de nuevo la interrumpida 
charla 

— Está muy lindo el café, patrona. Haber sido 
del que trae del Brasil el contrabandista don 
Ledesma. 

— Sí, es de ese mismo, — afirmó la muchacha. 

Y ambas a un tiempo, sorbieron el resto del 
contenido que aún quedaba en las tazas. 

— Patrona... ¿qué debo contestarle a don Inda- 
lecio ? 



76 


DOMINGO A. CAILLAVA 


— Que es mejor que se sosiegue. 

—Pero Gabrielíi, compadézcase de ese hombre 
que tanto la quiere Yo estoy segura que usté 
con el tiempo, lo va a llegar a querer.. 

— Sí, cuando él sepa quererme de verdad. 

— Y ¿no lo sabe entoavía? 

— Usté que adivina todo, debe adivinar eso ta- 
mién. ¿No dice la gente que usté sabe lo que 
piensan los demás? 

— Mire, patrona, no se ría es esta pobre vieja, 
que la apresea mucho y que siempre ha mirao 
por el bien suyo, nada más que por el bien suyo. 

Y a continuación añadió, guiñando un ojo con 
picardía : 

— Antonce . . . hay algo de cierto, ¿no? 

— ¿Qué quiere decir?, — preguntó Gabriela con 
curiosidad. 

— Lo que dicen en los fogones. Que usté a quien 
quiere es al hijo del patrón. 

— Yo a naide he dao mi cariño, con que an- 
siaa usté, él y tuitos los que andan hablando, están 
diciendo zonceras al ñudo nomás. 

— No tan al ñudo — repuso la vieja con risa 
sardónica — si yo sé que .siempre andan los dos 
muy solos y muy juntitos 

Gabriela concluyó por impacientarse, y levan- 
tándose de su asiento, ordenó : 

— ¿Se va callar la boca, vieja embusteia? 

A esta imprecación, siguió una disputa acalorada 
que fué interrumpida por un prolongado silbido 



Agreste 


■11 


que ninguna de las dos supo de donde provino. 

Sobresaltada, Gabriela dirigió la vista hacia la 
ventana y vio la cara de Benavides que fijaba en 
los suyos, sus ojos negros centellantes y miste- 
riosos. C o n este motivo, sintió en todos sus 
miembros un terrible escalofrío. 

Sin pronunciar una palabra, el rostro de Inda 
ledo desapareció y en la estancia reinó un pro- 
fundo silencio, silencio que poco después la vieja 
interrumpió, diciendo : 

— Güeno, patroncita, ya la visité. 

Y mirando al sol que comenzaba a declinar, 
agregó : 

— Voy a ver si saludo al patrón que todavía 
no lo he visto. 

— Debe estar bajo la ramada. 

Con paso inseguro, se dirigió hacia allí. 

— ¿Cómo le va, patrón?, — dijo la vieja al acer- 
carse a don Manduca. 

— Bien. ¿Qué andas haciendo? 

— Vine a visitar a doña Gabriela. 

— Está bueno' y ¿ya estás por dirte? 

— L’iba a pedir permiso pa quedarme, porque 
es muy tarde y mi rancho está lejito. 

— Es mejor que te vayás, porque cuando vos 
venís, no venís pa cosa buena. 

— ¿Qué le han dicho, patrón... pa que me diga 
eso? Dejuro haber sido chime del indio Mingóte, 
que es como vieja de pueblo pa andar charlando 
lo que no debe. 



18 


domingo a. CAILLAVA 


— Eso no te importa, — repuso don Manduca, 
enojado. 

— Güeno, me voy a dir, pero recelo de que voy 
a perderme con la oscuridá. 

— Qué te vas a perder, si sos míis baquiana 
que las lechuzas pa andar de noche. 

Doña Faustina, sin contestar, lo miró con rabia 
y extrajo de entre un pañuelo arrugado y sucio, 
un pitillo que encendió, empezando a echar hu- 
madas. 

— Adiosito, patrona, y no quede resentida por 
lo que le dije. 

La muchacha hizo un movimiento instintivo de 
hombros, y en u.i momento de distracción, la zorra 
vieja, se apoderó de un pañuelo que se le había 
caído a aquélla sin notailo, 

— Adiosito . . . adiosito, — repetía doña Faustina 
estirando la mano a los presentes. 

Gabriela volvió hacia la casa. Cual una autó 
mata , pasó sin fijarse en Braulio que desde 
una ve.itana había observado toda la escena. Al 
llegar a su cuarto se tumbó sobre la cama y por 
un buen rato lloró, lloró mucho, sin que se expli- 
case el porqué de su llanto. 



AGRESTÉ 




VIII 

Este nuevo acontecimiento y el de la llegada 
del ganado traído del Brasil, obligó una vez más 
a Braulio a pasar largas horas en completa me- 
ditación, desde que los hechos confirmaban lo dicho 
por el amigo Giménez, Ante la evidencia había 
que doblegarse. 

Una tarde se acercó a Gabriela y sin mayores 
preámbulos, la interrogó: 

— ¿Es cierto que la vieja que vino el martes, 
es bruja} 

La muchacha, completamente azorada por la 
pregunta que la cogía de improviso, contestó: 

— Yo no sé. 

Pero Braulio no se satisfizo con la respuesta y 
volvió a insistir hasta que la joven se vió obligada 
a decirle: 

— ¿Se va hacer sacar algún daño? 

— Usted no hace más que reirse de mí. 

— Es que como lo veo tan interesado en saber 
si doña Faustina es curandera de daños . . . 

— No me interesa; preguntaba nada más... 

— Dicen que es, porque además de curar a los 
enfermos con venceduras, aplica el agua fría y 
también receta yuyos sigún los males. 

— iQué va a curar 1 Son engañifas de ella. 

— ¿No tiene miedo de que doña Faustina le 



80 


DOMINGO A. CAILLAVA 


mande algún daño, si llega a saber que usté se 
ríe de sus venceduras? 

Braulio iba a soltar la carcajada, mas se con- 
tuvo a tiempo para no herir el amor propio de 
la joven y se limitó a contestar que él poco creía 
en tales cosas; y Gabriela, convencida de que su 
compañero daba a entender que respetaba esas 
creencias, le contó que llevaba hechas muchas 
Cutaciones en el pago. 

Braulio la escuchaba atónito, maravillado de su 
ingenuidad y de la forma en que estaba arraigada 
la superstición entre aquella gente. ¡Cuánto atraso, 
cuánta ignorancia! Qué lucha había que emprender 
para concluir con el espíritu retrógrado de don 
Manduca y de sus secuaces, y exterminar estas 
estúpidas creencias. 

Guardaron silencio durante un momento, y luego 
cuando Braulio levantó Ja vista notó que la mu- 
chacha estaba riendo. 

— ¿De qué se ríe? 

— De usté, que siempre anda apurao por hablar 
conmigo y ahora no dice nadita. 

— Es que... tiene razón, Gabriela. Hablemos, 
hablemos mucho, pero hablemos de nosotros. 
Verdaderamente nnnca la vi tan linda como hoy. 

— No diga piropos. 

. — Es la lírimera vez en mi vida que los digo, 
si a las verdades usted llama piropos. 

— No es verdá llamarme linda, cuando sé que 
no lo soy ; y menos usté que ha caminado tanto 



AGRESTE 


81 


po ahí y que habrá visto mozas mucho más bonitas 
y más simpáticas que yo. 

Decía bien Gabriela; ella no era hermosa, ni 
atrayente siquiera, no obstante, Braulio sentíase 
atraído a la joven, no sabía por qué ; si por su 
rostro lleno de juventud, o por la bondad inmensa 
que repartía con todos y que demostraba hasta 
en los más insignificantes detalles. 

— Gabriela, dígame, ¿no le gustaría conocer 
otros pagos, otra gente, otras costumbres? 

— ¿Cómo quiere que le conteste, sino he sa- 
lido más lejos que a la pulpería que se halla 
a tres leguas de aquí? Pero creo que me gustaría, 
porque en algunas ocasiones, cuando he ido con 
Ramona aí monte y he visto a las garzas, salir 
volando asustadas con el barrullo que nosotras 
hacíamos y subir arriba, muy arriba, y dispués 
enderezar quién sabe pa onde, me ha entrao 
envidia de ellas y hubiera querido tener alas y 
dirme lejos a ver tierras nuevas, así como se van 
las golondrinas antes de que llegue el invierno. 

Nunca se mostró tan expansiva y elocuente como 
ese día, y por eso Braulio la escuchaba embele- 
sado y le narraba a su vez lo que había visto en 
sus viajes por lugares que ella no conocía ni de 
nombre. 

Mientras platicaban, el sol traspuso el confín 
lejano. ¡Qué bella parecía Gabriela a la luz azu- 
lada del crepúsculo 1 ¡cómo fulguraban sus ojuelos 
negros en la penumbra, semejantes a las estrellas 



82 DOMINGO A. CAILLAVA 

que a esa hora comenzaban a parpadear en el 
nmenso espacio I Braulio, no conforme con mi- 
rarla de cerca, se le aproximó lo bastante como 
para que su hombro rozara en el de ella. 

— Gabriela, ¿usted piensa pasar toda su vida 
aquí? 

— No puedo decidir de mi destino; eso es cuenta 
de otros. ¿Qué sería de esta gente si yo me juera? 

y Braulio vió que el semblante de la muchacha 
empalidecía, denotando una profunda tristeza. De 
pronto, oyó recias pisadas detrás suyo. 

Al volverse, reconoció que el que se acercaba 
era Benavides. 

Por cierto que los jóvenes se sorprendieron y 
no atinaron más que a cruzar una mirada que lo 
expresó todo. 

— Dice el patrón que se deje de prosas, y que 
vaya hacer lo que es obligación suya, — dijo el 
capataz, dirigiéndose a Gabriela. 

—Si está todo acomodado pa la cena,— balbuceó 
ésta con cierta nerviosidad. 

— Güeno; es lo mesmo; váyase pa dentro. No 
es hora ya de andar ajuera. — Y como la moza 
no se decidía a obedecerlo, agregó: 

— ¿Ha oído lo que he dicho? 

Gabriela, sin contestar, púsose en camino del 
comedor y ambos hombres quedáronse frente a 
frente, hasta que aquélla se internó en la casa. 
Después, Indalecio, escupió por entre el colmillo, 
con rabia, y marchóse en dirección a la cocina. 



AGRESTE 


83 


Braulio dudó un instante si pedirle explicaciones 
por su mal proceder o si dejarlo ir, ya que ese 
bruto no entendería de delicadezas; pero hallábase 
tan indignado que optó por lo primero. 

Antes de que el capataz llegara a la cocina, lo 
alcanzó. 

— Escúcheme amigo, tengo que hablarle. 

Y le hizo una seña para que lo siguiera. 

Cuando salieron del patio, el joven se detuvo 

y Benavides, que venía unos pasos más atrás, 
hizo lo mismo. 

— ¿Quién es usted para mandar a Gabriela que 
se vaya, cuando está hablando conmigo? 

Indalecio tardó en responder y Braulio a pesar 
de la obscuridad notó que el criollo dada un paso 
atrás y que corría su mano derecha por la cintura 
como buscando las armas. 

— Mire don Braulio, es mejor que dejemos estas 
cosas. 

— No señor, quiero que me diga en seguida qué 
derecho tiene usted sobre Gabriela. 

— El de que pronto va a ser mi mujer. 

Esta inesperada contestación dejó a Braulio 
perplejo, cariacontecido y sin asuntos para con- 
tinuar la disputa. 

Benavides suspiró con fuerza, y dió media vuelta 
como para dirigirse de nuevo al patio, pero antes 
de entrar murmuró con desprecio : 

— No es de guapos ensuciarse las manos con 
comida tan floja. 



84 


DOMINGO A. CAlLLAVA 


Esta nueva revelación era, de todas, la más 
importante y la que más sorpresa e inquietud 
causó en el ánimo de Braulio. 

Por lo que se podía deducir de las palabras del 
capataz, no había duda de que Gabriela iba a ser 
de él. Pero ¿por su voluntad? Pensó que si llevaba 
a cabo tal propósito, sería con la autorización de 
don Manduca, porque Gabriela, de ninguna ma- 
nera, podía haber dado su consentimiento. Sobre 
este tópico, no le quedaban dudas. Creía conocerla, 
creía adivinar sus pensamientos; y como fruto de 
todas sus observaciones, dedujo que la muchacha 
no había amado, ni amaba actualmente a ningún 
hombre. Por lo tanto, si la destinaban para mujer 
de Indalecio, no sería por su propia voluntad. 

Su padre y ese hombre, probablemente la obli" 
gaban a someterse a su capricho; pero ¿con qué 
derecho ? 

Al hacerse tal pregunta, no encontraba otra 
respuesta que la siguiente : Con el derecho de los 
que son fuertes y de los que se valen de todos los 
medios al alcance, lícitos o ilícitos, para mantenerse 
en la cumbre sin rodar al abismo. Indudablemente, 
era la respuesta que mejor convenía; pero Braulio, 
con tales reflexiones se indignaba tanto, que por 
momentos deseaba interrogar a su padre para 
saberlo todo y si sus labios afirmaban rotunda- 
mente la terrible verdad, entonces le echaría en 
cara sus vilezas. Aquí se imponía otra pregunta: 
¿Con qué derecho? 



AGRESTE 


86 


Con uno solo: el del hombre que defiende a 
una mujer sin amparo; y esto era poco, estando 
su padre de por medio. Entonces ¿ por qué tanto 
afán en defenderla y por qué tantas preocupado' 
nes, si ella no era más que una buena amiga? 
No obstante, cuando Benavides le dijo que iba a 
ser suya, sintió por vez primera que los celos 
rugían en su pecho. 

Hubo de convencerse, a pesar de todo, que 
estaba enamorado de Gabriela y que esa pequeña 
estimación que por ella sintió desde su llegada a 
la estancia, era el amor que nacía en su corazón, 
sin que él lo hubiera notado. 

Mucho le costó cerciorarse de que realmente la 
amaba; pero después de la discusión con Bena- 
vides, no había lugar a dudas. La amaba sí, y la 
amaría siempre, aun cuando se presentaran grandes 
inconvenientes. Y más la deseaba, porque tras el 
amor, se escondía el capricho, la suprema energía 
del hombre enamorado, que no sólo lucha por 
amor a su dama, sino por despecho o aborreci- 
miento a su rival. 

Había que añadir también la ofensa inferida 
por Benavides con tanto cinismo, cuando disputaron 
a solas fuera de la casa, y así se explicará el lector 
lo que pasaba en su espíritu. Y él había callado; 
había escuchado el insulto sin contestarle, como 
un hombre maula que no se atreve hacer frente 
al agresor. Pero nó; él calló porque la frase aque- 
lla de que « pronto va a ser mi mujer » le dejó 



86 


DOMINGO A. CAILLAVA 


tan impresionado, que no tuvo tiempo de pedirle 
explicaciones o contestarle como merecía. Pero 
ya llegaría la ocasión oportuna de vengar agravios 
y demostrarle que no era miedoso ni cobarde 
como debió suponerlo. Para entablar la lucha, se 
proponía, ahora más que nunca, conquistar el cora- 
zón de Gabriela y revelarle su cariño. 

Desde el incidente, miraba a Benavides con 
rencor; le hablaba lo extrictamente necesario y 
procuraba rehuir de su presencia. 

Como estas muestras de desagrado eran tan 
visibles, Gabriela le preguntó por qué se hallaba 
resentido con Benavides. El alegó pretextos, dife- 
rencias surgidas en el trabajo y no se habló más 
del asunto. No convenía manifestarle la verdadera 
razón, hasta tanto no le revelara su amor. 

Dos días después de la disputa, al venir la 
aurora, salió don Manduca acompañado de Braulio 
y su personal a « parar rodeo ». 

Era un aclarar de diciembre, diáfano y caluroso. 
De las hondonadas levantábanse las brumas del 
amanecer entre el clamoreo incesante de ortóp- 
teros y bactracios, y de todas partes surgían ves- 
tigios de despertar: plañidos melancólicos, alegres 
relinchos y cantos de aves parleras. 

Distribuidos convenientemente los peones por 
don Manduca dirigiéronse en distintas direcciones: 
éstos fueron hacia el monte; aquéllos siguieron 
por el medio del bañado; los otros subieron por 
las lomas, y todos con la consigna de arrear la 



AGRESTE 


87 


hacienda al paradero, sin dejar por olvido o ne- 
gligencia bestias dispersas o resabiadas. Más tarde, 
cuando el sol, haciendo guiñadas por entre las 
nubes, escalaba el espacio sin prisa alguna, venían 
por aquí y por allá, grupos de ganado, que a los 
gritos de los hombres, corrían despavoridos hacia 
el rodeo, único lugar del campo, donde los reunían 
para contarlos, apartarlos o hacer otros trabajos. 

— ijop, jop, jop! — exclamaban los peones azu- 
zando a la vacada con los ponchos y los arrea- 
dores, sobre todo a las reses rebeldes que hacían 
empeño en huir al monte o a otro lugar propicio 
para ocultarse, burlando de esta suerte las amena- 
zas de los peones. 

Ya en el rodeo, los apartadores buscaban en el 
grupo apiñado de reses, el novillo elegido; lo 
repuntaban hasta la orilla, y de allí, lo arreaban 
a todo correr en medio de gritos y rigorosos la- 
tigazos, hasta el señuelo. La bestia atolondrada 
por tan loca carrera, se reunía a los bueyes con 
grandes aspavientos y deseos de volver al lugar 
de donde había salido, pero los peones se le acer- 
caban, amenazándola con pecharla o castigarla, 
y entonces resignada, doblegando la cerviz ante 
la fuerza y la astucia del hombre, quedábase 
quieta mirando con tristeza a sus compañeros del 
otro grupo, porque sabía que ya no volvería a 
reunirse a ellos. 

De esta manera, marchaba el trabajo, cuando 
de improviso ocurrió un percance. 



88 


DOMINGO A. CAILLAVA 


Braulio que apartaba en compañía de uno de 
los peones, llamado Mingóte, sacó un novillo del 
rodeo Y los dos jinetes espoleando a sus caballos 
salieron detrás del hermoso animal que , como 
era arisco y cerril, en vez de ir al señuelo, huyó 
al campo desierto. En esto, Benavides con su pa- 
reja, salieron también del rodeo arreando otro 
novillo. Se encontraron los dos grupos. Benavides, 
no pudiendo detener el ímpetu desmedido de su 
zaino rabicano, se estrelló contra el novillo que 
arreaban Braulio y Mingóte. Con este formidable 
choque, tanto el vacuno como el jinete y su ca- 
ballo, rodaron por el suelo, los tres unidos, for- 
mando una masa informe. 

Al ver la catástrofe, Braulio y su compañero 
solícitos se acercaron con intenciones de ayudar 
al capataz a ponerse en pié, pues se encontraba 
impedido de hacerlo, porque con la caída se frac- 
turó una pierna; pero no quiso aceptar el ofreci- 
miento del joven. 

— No falta nunca un maturrango trompeta que 
venga a estorbar el trabajo de los camperos, — 
dijo; y sin aguardar respuesta, continuó acusando 
a Braulio de ser el causante de la caída. 

El hijo de Junqueiro, que en realidad no fué el 
culpable, toleró en silencio los disparates del otro; 
mas, como cada vez sus insultos eran mayores, 
tuvo que decirle: 

— Mire Indalecio, no le permito que me diga 
esas cosas. Usted me está ofendiendo. 



AGEESTE 


89 


— Le digo esto y mucho más. ¿Qué se piensa 
ese guacho? 

Braulio que desde aquella famosa tarde en que 
ocurrió el incidente, sentía arder en sí, un deseo 
horrible de venganza por haber sido objeto de 
tantos vejámenes, le fué imposible contenerse más. 

— Cállese la boca, o sino no le va a valer el 
estar herido para que yo castigue sus insultos. 

Su adversario no lo dejó terminar. Sacó el revól- 
ver y le apuntó ; pero Braulio, frenético, sin reflexio- 
nar en lo que hacía, levantó el rebenque y lo dejó 
caer reciamente sobre la mano del capataz que, 
con el golpe, tuvo por fuerza que soltar el arma. 

Volvió después a descargar otro latigazo en la 
cabeza de su ofensor, que por poco lo derriba ; y 
y en tanto ésto sucecía, don Manduca y los demás 
peones intervinieron e hicieron cesar la pelea. 

Braulio montó en su caballo y se dirigió hacia 
la casa. Los que estaban alrededor del capataz, 
vendáronle la pierna y se empeñaron en calmar 
su furia. Benavides, al ver que su contrario se 
alejaba, gritó en alta voz, como para que le oyese: 

— Andate nomás, que ya las vas a pagar todas 
juntas. 

Braulio se detuvo; pero comprendiendo que no 
merecía contestación, lo miró con desprecio y 
siguió la marcha llevando los ojos rojizos y el 
pecho acongojado, reprochándose el haber proce- 
dido con tanta violencia aún cuando tuviese so- 
brada razón para ello. 



90 


DOMINGO A. CAILLAVA 


IX 

Una tarde que Juancito se encontró en el patio 
con Gabriela por mera casualidad, le dijo: 

— Patrona, ayer estuve por la costa del monte 
y vide que los pitangueros están cargadísimos. 
Ha37- pitangas que ya se están cayendo de puro 
maduras! ¿No va a dir? 

— No sé, padrino quien sabe si me da permiso. 

— ¡ Qué lástima I 

— tí Por qué? 

— Porque si usté juera, l’iba a pedir al patrón 
pa acompañarla como todos los años. Ansí yo 
tamién me rebuscaba, pudiendo comer a mi gusto, 
— agregó el mozalbete, llevándose los dedos a la 
boca. 

— No sos sonzo para algunas cosas, — repuso 
Gabriela, riéndose de su torpeza. — Mirá ; si ma- 
ñana amanece lindo el día y padrino quiere, vamos 
a dir a las pitangas. 

Después de este breve diálogo se separaron. 

Desde lo ocurrido en el rodeo, Gabriela, por 
orden de don Manduca, tuvo que cuidar con pro- 
lijidad al herido, el que aprovechando de hallarse a 
solas con ella, le habló más de una vez de su 
cariño y d e la próxima unión ; pero ya no 
con gesto adusto y autoritario, sino sonriendo y 
con frases tiernas, sin duda porque temía que 



AGRESTE 


91 


SUS proyectos corrían riesgo de fracasar y ver 
perdido lo que consideraba suyo: la paga que el 
amo le hacía por sus innumerables y arriesgados 
servicios. 

En vista de que la mañana amaneció rebosante 
de luz, Gabriela pidió autorización para hacer su 
paseo favorito, como todos los años. Don Manduca 
se lo concedió, pero de mal talante, pues prefería 
que no saliese, ya que era ella quien cuidaba a 
Benavides. 

Gabriela aturdida de alegría, pensando en lo 
que iba a disfrutar del monte y de la calma y 
tibieza de aquel magnífico día , terminaba los 
aprestos atropellándolo todo y haciendo activar 
a Ramona, para que concluyese pronto su tarea, 
pues la llevaría consigo de compañía. 

Juancito anunció que el caballo de enganchar 
en el carro ya estaba aderezado. 

Este anuncio hizo apurar los últimos preparati- 
vos. El muchacho trajo el carro al patio, en 
el que acomodó los cachivaches y menesteres 
necesarios para preparar el almuerzo: un asador, 
un costillar de oveja, un cesto conteniendo mate, 
yerba, pava, varios panes, un pedazo de queso y 
unos jarros, fabricados con latas de dulce, para 
juntar la fruta. 

Estaban por salir, cuando Braulio, que tornaba 
de recorrer el campo, se encontró con los excur- 
sionistas. La muchacha le propuso que fuera con 
ellos y él aceptó en buena hora la invitación. 



92 


DOMINGO A. CAIVALLA 


Revezó de caballo y al instante estuvo pronto. 
Por mandato de Gabriela, la expedición púsose 
en marcha. Ella y la peona en el carro, un vehículo 
pequeño mal construido, con una vara larga en 
cuyo extremo prendían la cincha del caballo que 
montaba Juancito, 

Es de figurarse con lainco modidad que se via- 
jaba en este destartalado vehículo que, por falta 
de muelles, saltaba horriblemente aunque Juancito 
esquivase en lo posible los tucutucu, cuplés y ma- 
torrales, para que los barquinazos no fueran tan 
recios. A la muchacha estas sacudidas no la aco- 
bardaban ; al contrario, le parecía agradable 
aquéllo y sentíase tan contenta que no era la 
misma de un rato antes, cuando aún no había 
obtenido el consentimiento de su padrino. En los 
parajes en que, las obstrucciones del trayecto no 
preocupaban a los viajantes, cambiaba algunas 
palabras con Braulio que iba en su caballo a corta 
distancia del carro. 

Cuando llegaron, Gabriela descendió del vehículo 
y púsose a saltar y jugar con los perros, que 
desde que olieron carne y supieron lo del paseo 
no dejaron de seguir a Juancito, pues para ellos 
también aquél sería un día de completa diversión. 

El mozalbete desensilló al viejo rocín, y colo- 
cándole un hozalejo con una soga de cuero, lo ató 
al pie de un tronco para que pastara ; Ramona, 
por su parte, juntó charamuscas y algunos palos 
secos con que hacer fuego; y Gabriela y Braulio, 



AGRESTE 93 

buscaron los árboles, de fruta más abundante y 
sazonada. Juancito que sabía cuales eran los más 
repletos, se les acercó. 

— Por este lao, patrona hay fruta más dulce y 
madura. 

Y sin esperar contestación, salió adelante por 
entre breñas y ramas sirviendo de cicerone a los 
jóvenes que lo seguían con ansiedad. 

Después de un corto recorrido se detuvo, y 
con el dedo pulgar señaló un corpulento pitanguero, 
repleto de frutas, las cuales en su mayoría habían 
adquirido un color morado de tan maduras que 
estaban. 

— Ché, gurí, subí que en lo alto están las más 
lindas — mandó Gabriela. 

El peón se disponía a cumplir el mandato, pero 
como viese que no era muy fácil llegar arriba 
por lo espeso del follaje y por los gajos muy 
débiles, le dijo al ama, con intenciones de no 
acatar la orden. 

— Es feo de subir. Puedo caerme. 

— Dejate de zonceras. Andá nomás. Pa eso te 
traje, pa que obedezcas. El increpado, con pereza, 
trepó al frondoso árbol y comenzó la tarea que 
le ordenaron, echando las frutitas dentro de un 
jarro que había llevado de exprofeso. 

Ocupados en recoger pitangas estuvieron los 
tres hasta que' apareció entre las hojas, el rostro 
de la mestiza que venía a avisar que había pre- 
parado el almuerzo. Se dirigieron al campamento. 



94 


DOMINGO A. CAILLAVÁ 


y una vez en él, Braulio y Gabriela tendiéronse 
sobre el suelo tapizado por abundante hierba. 
Juancito, en cuclillas, quedó junto aí fogón, y la 
peona, como era la encargada de repartir las ra- 
ciones, tuvo necesariamente que permanecer de 
pié. 

Braulio, se solazaba mirando a Gabriela. La 
encontraba encantadora con su vestido de percal, 
de colores vivos, su gran pañolón blanco cubrién- 
dole la caballera y sobre todo con sus labios y 
parte de las mejillas teñidos de violeta por el jugo 
de las pitangas. Comieron con desgano el sucu- 
lento asado que preparó Ramona porque los 
estómagos se hallaban repletos de fruta y porque 
el calor del mediodía quitaba el apetito. 

— ¿No va a sestear, Braulio? 

— Tal vez... más tarde. ¿Y usted? 

— Yo no. Cuando vengo a pasar el día en el 
monte me gusta aprovecharlo bien. ¡El día es tan 
corto 1 

— ¿Y en qué se entretiene a esta hora sofocante? 

— En buscar niditos; en arrancar flores; en 
recorrer el monte, j Si viera . . . soy más curiosa 
y traviesa! 

— Pues si quiere, voy a ir con usted para ayu- 
darla. 

— - 1 Usté 1, — exclamó la muchacha con asombro. 
Púsose a reir, burlándose del ofrecimiento de 
Braulio. 

Esta burla tal vez contribuyó a que el joven se 



ÁGRÉSTij 96 

empeñara con más afán en acompañarla; por eso, 
al momento, se les vio juntos, en animada plát’ca, 
por un abra que conducía a cierto paraje del 
bosque que Gabriela conocía de anteriores excur- 
siones. 

A medida que se internaban selva adentro, la 
arborescencia era más espesa y los follajes que 
pendían de las ramas superiores, rozaban en sus 
rostros comunicándoles sn frescura y haciéndoles 
aspirar a viva fuerza ya el agridulce zumo que 
despedían algunas plantas, ya sutiles aromas de 
flores selváticas. 

Llegaron al lugar que Gabriela apetecía. 

Era éste un descampado extenso, rodeado por 
un círculo de arboleda, bastante simétrica formando 
un muro de tejida urdimbre que impedía toda 
comunicación con el exterior. Aquel cerco verde 
de distintos matices, se orlaba por aquí y por allá 
con flores de trepadoras de una variedad extra- 
ordinaria; y en el suelo, desparramados por entre 
el pasto, macachines, campánulas y margaritas 
cubrían totalmente el pavimento semi-arenoso de 
aquel sitio. ¡Todo un bosquecillo de flores silves- 
tres! Gabriela al verlas, dió un grito de júbilo y 
empezó a juntarlas para hacer ramilletes. Recogía 
las que juzgaba más hermosas; pero al levantar 
la vista y notar acullá, un centenar de otras que 
parecían mejores, arrojaba las que había juntado 
y arrancaba estas últimas. Concluida la tarea, pasó 
a la de escudriñar en los árboles los nidos ocultos. 



DOMINGO Á. CÁILLAVA 


06 

Tal operación ofrecía mayores dificultades. Había 
que trepar para cogerlos, y como ella no siempre 
podía hacerlo, solicitaba la ayuda de su compañero. 
Varias veces Braulio tuvo que escalar a la cima 
de algún guayabo o virará, y como no tenía mucha 
experiencia en esto, se desgarró la ropa y rasguñó 
la piel de las manos, por cuyas heridas salían 
finísimos hilos de sangre. 

De tanto trajinar, el mozo terminó por arrojarse 
en tierra, transido y sudoroso. 

Gabriela volvió a burlarse de su flaqueza. 

— ¿No le decía yo que usté se cansa de fiada? 

— ¡ Hace un calor terrible 1 

— No es eso; es que se acobarda de muy poca 
cosa. 

— ¿Me cree usted muy cobarde? 

La muchacha hizo con la cabeza un signo de 
indiferencia. Braulio agregó : 

— No es de ahora, es de mutho tiempo que 
presumo que usted me juzga así y puede ser que 
no se equivoque. 

— No Braulio, cómo lo voy a creer maula si he 
sabido que los otros días cuando el capataz se 
quebró la pierna usté mostró que era guapo. 

— Eso es un hecho sin importancia. Yo le pido 
que no me lo recuerde nriás. Cíida vez que pienso 
en ese hombre, siento que la sangre arde en mi 
cabeza. 

Gabriela, lamentándose de haberlo disgustado, 
pero sin pedirle excusas, lo miró con dulzura. 



AGRESTE 


97 


Después de un silencio, la muchacha fué quien 
reanudó la conversación: 

— Ya descansó bastante. Vamos ahora asacar 
una lechiguana gorda que vide en la rama de un 
tala. 

Braulio púsose de pié y siguió a su interlocutora 
que iba a prisa hacia el tala que se hallaba en 
el centro del descampado. 

Cuando estuvieron a su lado, Gabriela le pidió 
que subiera, pero Braulio harto ya de ascenciones 
peligrosas se negó a acceder a su pedido, lo que 
por cierto contrarió a la muchacha que se relamía 
los labios sólo de pensar en los riquísimos panales 
que habrían dentro de la colmena. Volvió a insistir 
en su petición, mas el joven volvió a negar su 
concurso. 

— No, no. Yo ahí no subo. 

Entonces Gabriela, que de vez en cuando sentía 
en sí instintos maléficos, en un instante que su 
compañero no la miraba, arrojó un pedazo de 
palo seco a la lechiguana. El palo abrió un bo- 
quete en la morada de los industriosos insectos, 
quienes furibundos por esta provocación, salie- 
ron en tropel buscando al autor de tan alevoso 
atentado. 

Gabriela se había alejado a regular distancia 
para que las avispas no la alcanzaran y poder 
presenciar sin peligro el ataque. Estas, primera- 
mente, dieron varias vueltas alrededor de la col- 
mena; pero en cuanto vieron a Braulio, echáronse 



98 DOMINGO A. CAILLAVÁ 

sobre él 3- lo rodearon dé tal modo, que por más 
que huyó dando manotones, lo picaron en el 
cuello, en la frente 3’' en las orejas. 

Entretanto, la traviesa reía a carcajadas del 
percance acontecido a su compañero. Merced a 
su huida, Braulio al fin pudo librarse de los te- 
mibles enemigos, que conseguido el móvil que 
pretendían, tornaron a sucasonn, donde aún con- 
tinuaba el enjambre en completa confusión. 

— ¡Qué mala es usted, Gabriela! 

La aludida no cesaba de reir. 

— No se ría de mí. Basta de locuras. Vamos 
a sentarnos sobre estos troncos. 

Así lo hicieron, uno frente al otro, 3^ a la som- 
bra que prestaba un frondoso hlanquillo. 

Comentó Gabriela varias veces la chanza y no 
menos Braulio que a pesar de haber sido la víc- 
tima, celebró la ocurrencia, ya que proporcio- 
naba un momento de jovialidad a la muchacha. 
Después se trataron otros temas; se habló de la 
bonanza del tiempo, del calor que per*duraba aún 
siendo ya la media tarde, de los atractivos del 
paseo y de otros asuntos insignificantes. Du- 
rante una pausa que hubo, quién sabe qué pen- 
samientos viniei'on a la mente de Br’aulio, que se 
dibujó en su semblante una expresión de infinita 
melancolía. 

— Debo participarle Gabriela, que dentro de 
pocos días voy a volver a Soráano. 

La joven azorada, pr-eguntó : 



AGRESTE 


99 


— ¿Se va? 

— Es verdad; me voy del todo. 

— ¿No se halla en este pago? 

— No es el lugar el que me obliga a irme, sino 
otras causas . . . ; usted debe saberlo. 

Me marcho Gabriela, por las cosas que he 
tenido que presenciar casi desde mi llegada a la 
estancia. Por el modo con que procede mi padre 
y por la chusma y bandidaje que lo rodea. Debí 
haberlo hecho antes, y así hubiese evitado el in- 
cidente con Benavides. Ese hombre y algunos de 
los peones, me aborrecen; tata, cada vez me trata 
con más frialdad y procura hablar lo menos po- 
sible conmigo; con estas demost''aciones, cual- 
quiera comprende que uno está aquí demás. La 
única persona que me ha dispensado confianza y 
amistad, ha sido usted Gabriela; y si no hubiese 
mediado esta amistad, puedo asegurarle que mi 
resolución ya la habría puesto en práctica antes 
de ahora. Yo no puedo acostumbrarme a vivir 
entre esta gente y a hacerme cómplice de sus 
robos escandalosos. Usted que me conoce, debe 
comprenderme. No sabe como siento que tata 
haga esta vida, pero mucho más todavía, que 
usted esté condenada por el destino a pasar su 
existencia en este ambiente, a darle su persona 
a ese hombre con quien se va a unir de la ma- 
nera más vergonzosa. 

La muchacha, se fué inmutando poco a poco. 
Pasó la alegría; pasó el humor de gastar bromas; 



DOMINGO Á. CÁÍLLAVÁ 


iod 


áliora estaba pálida y taciturna. Acaso esta revela- 
ción le impresionó lo suficiente, como para que se 
entregara a sus pensamientos. El joven continuó : 

— Usted no lo quiere a ese hombre; a usted la 
unen a la fuerza por un simple antojo de mi padre. 
¿No es cierto? 

Gabriela no atinaba a responder; hizo un mo- 
vimiento con la cabeza, ni afirmativo ni negativo; 
pero Braulio se cercioró de que sus suposiciones 
no estaban equivocadas. 

— Pues bien, si usted no lo quiere, es un hecho 
inaudito el de que la obliguen a juntarse con él. 

— ¿Y qué puedo hacer yo?, -barbotó la mu- 
chacha con tristeza. 

— Es verdad ¡qué puede hacer usted, si tata es 
el que dispone de su persona a su capricho! La 
considera como algo suyo. 

Al rememorar las barbarides cometidas por don 
Manduca, Braulio sentíase intranquilo, nervioso, 
tal vez encolerizado. 

Volvieron los dos a permanecer en silencio. De 
esta manera, se escucharon mejor los rumores de 
la selva. Piar de tiernos pajarillos que desde los 
nidos llamaban a sus padres; cantos y trinos de 
sabiaes y cardenales; chirridos de cigarras ocultas; 
tenues susurros de hojas y, de lejos en lejos, la- 
dridos de la jauría al dar con alguna alimaña en 
lo intrincado del monte. 

Braulio que observó el efecto que sus palabras 
causaban en Gabriela, siguió hablando: 



AGRESTE 


101 


— Si yo pudiera protejerla, haría cualquier cosa 
por librarla de ese hombre. 

La muchacha agradecida, lo miró con ternura; 
y Braulio añadió: 

— Y cueste lo que cueste, debo protejerla, por- 
que es mi deber, y más todavía, Gabriela, porque... 
yo te quiero. 

Lo dijo sin pensarlo, en un momento de arrebato, 
pero no se arrepintió porque ella escuchó la de- 
claración con naturalidad, sin sorprenderse. Y no 
podía ser de otro modo porque la muchacha había 
notado, aunque bien lo disimuló, el inmenso cariño 
que el joven le profesaba y que se traslucía en 
todas sus conversaciones y miradas. 

Animado Braulio, volvió a repetir: 

— Te quiero, Gabriela, y si tú permites, te voy 
a querer toda mi vida. 

— No puede ser,— interrumpió la interpelada — 
su tata me ha destinado pa Indalecio. 

¡Con cuánta pesadumbre y dolor, pronunció 
estas palabras! Por ellas Braulio bien hubo de 
convencerse de que Gabriela, también sentía en su 
alma un afecto sincero por él. Pero no: este amor, 
no podia dejarlo crecer, puesto que su destino ya 
estaba decidido. Desde luego, era menester cor- 
tarle las alas para que cuando fuera mayor, no 
sintiese ímpetus de remontarse a cumbres que no 
se hicieron para él. 

Le explicó Braulio, que esa autoridad desmedida 
de su padre, se podía quebrantar apelando a la 



102 


DOMINGO A. CAILLAVA 


justicia ; que nadie podía decidir de su suerte ; 
pero si tales razones llegaron a persuadirla, no 
bastaran, empero, para que diese amplias faculta 
des Braulio. 

— No; no diga usted nada. No piense más en 
eso. 

Esta .súplica, hizo contener la insistencia apa- 
sionada del joven. La miró detenidamente, pro- 
curando hallar la verdad de todo en sus ojos 
negros; mas éstos esquivaron la mirada, fijándolos 
en las mustias florecillas que pisotearon sus pies. 

— Patrona, vengo avisarle que los caballos están 
ensillaos y que ya es medio tarde y la estancia 
está lejitos de aquí, — dijo Juancito que llegara 
sin ser sentido por ellos 

— Sí, sí; vámonos, — exclamó Gabriela. 

Las mujeres ocuparon nuevamente sus puestos 
en el carro, y Braulio subió a su cabalgadura 
con desaliento, por cierto más triste y pensativo 
que cuando había venido. 

No bien abandonaron la selva, el sol, entre 
arreboles, se ocultó detrás de los pronunciados 
picachos que se elevaban en la lejana cuchilla, 
besando a los jóvenes su luz postrera, con cierta 
expresión de mortificante ironía. 



AGRESTE 


103 


X 

Sin mayores novedades transcurrieron algunos 
días más. Benavides bien restablecido del golpe 
que llevara volvió a ocupar su puesto de capataz, 
notándose que los celos y el despecho se arraiga- 
ban cada vez más en su persona. Sin embargo, 
no surgieron otros incidentes entre ambos rivales, 
probablemente porque Braulio procuró evitarlos. 
Indalecio poco salía al campo, y en las horas que 
estaba en casa, se le veía cruzar el patio, con 
cualquier pretexto fútil, clavando sus ojos inves- 
tigadores en las aberturas de la población, como 
si quisiese vigilar a Braulio y Gabriela. Pocas 
veces se aproximaba a ésta para hablarle. El decía 
que los novios no tienen porqué pasar largos ratos 
en dulce coloquio. Basta con decir lo más impor- 
tante y asunto concluido. Por eso su conversación 
se reducía a preguntarle si realmente lo quería. 
Siempre, en el primer instante ella callaba; pero 
la mirada enérgica y amenazadora de Indalecio, 
obligííbala a contestar con cierta cohibición que 
sí. Entonces Benavides asumía otra actitud. Una 
esforzada sonrisa se dibujaba en sus labios y todo 
su semblante resplandecía de gozo. Alentado por 
la afirmación de Gabriela, explicaba sus proy*ectos 
para el futuro, mas nunca mentaba una sílaba 
que se refiriera a su amor. Y era que este extraño 



104 


DOMINGO A. OAIVALLA 


individuo, no sabía fingir. De ahí que dijese sola- 
mente lo que sentía. ¡Qué terribles situaciones 
para Gabriela! Verse a solas con él, obligada por 
las circunstancias a mentirle un cariño que no le 
profesaba, ni habría de profesárselo jamás! Y esto 
sucedía por no atrex^rse a manifestarle con fran- 
queza la verdad de sus sentimientos. Además, 
poco lograría con revelarla. Estaba destinada a 
ser suya y, quieras que no, tendría que serlo. 
Para evitar reyertas, era que contestaba a las 
preguntas de Benavides afirmativamente. 

Por otra parte, Braulio insistía en su cariño. 
Sus palabras sinceras, la tranquilizaban mucho y 
la hacían cobrar fuerzas para sobrellevar con más 
conformidad su difícil situación. Aunque el joven 
insistió una y otra vez en que aceptara su amor» 
se negó rotundamente; pero de una manera no 
muy explícita, por cuya razón, Braulio no perdía 
sus esperanzas. La lucha estaba empeñada, ¿cuál 
habría de vencer? Ni Gabriela lo sabía con cer- 
teza. El amor noble y generoso que le ofrecía el 
joven, le produjo tal bienestar y tal contento, que 
de buen grado, lo hubiera aceptado, a no mediar 
la resolución arbitraria de don Manduca. Y porque 
sabía que este amor era para ella un imposible, 
era que le decía a Braulio que bajo ningún pre- 
texto podía tolerarlo. A todo esto, la situación se 
agravaba, pues por un lado, el joven hallábase 
convencido de que a la postre lograría su intento; 
por otro, Benavides, aunque con algunas dudas, 



AGRESTE 


105 


esperaba que saldría con la suya. Viendo que la 
tardanza de su unión, favorecía los planes de 
Braulio, una tarde recordó a don Manduca que 
la primavera expiraba y que su promesa aún no 
se había cumplido. El amo contestóle de mal modo, 
que él era hombre de palabra y que por lo tanto, 
se realizaría lo prometido. En vano fué que Inda- 
lecio volviera a insistir; don Manduca le dejó 
hablando y se marchó a sus ocupaciones. 

Cierta mañana, cerca de mediodía, aprovechando 
que don Manduca y Benavides no se hallaban en 
la casa, Braulio se acercó a Gabriela. 

La moza, al parecer, hallábase muy triste; lívido 
era el color de sus mejillas y los bordes de sus 
párpados los tenía hinchados y rojizos. Bien se 
notaba que había pasado mala noche y que había 
llorado mucho. 

Al oir una vez más la voz de Braulio, enterne- 
cióse; y sus ojos, siempre duros en su mirar, 
posáronse en los de él, como si quisieran reve- 
larle un gran secreto. El joven la comprendió, le 
tomó uia mano y le preguntó con sigilo: 

— ¿Verdad que me quieres? 

— Sí, mucho, mucho, — repuso la cuitada, entor- 
nando los párpados, avergonzada de haber des- 
cubierto un secreto que nunca pensó confiarlo a 
nadie. 

Braulio retuvo la mano entre las su^ as y le 
habló con entusiasmo de la dicha que experimen- 
taba al saber que lo quería de veras. Pasados unos 



106 


DOMINGO A. CAILLAVA 


minutos, Gabriela, bruscamente retiró la mano y 
se apartó de él. 

— ¿Qué tienes Gabriela? ¿Por qué te alejas de 
mí? 

Viendo que la muchacha no contestaba, Braulio 
repitió la pregunta. 

— Déjeme. No me hable más de su amor. Yo 
no puedo quererle. 

En vano f Lié que el aludido procurase averiguar 
el cambio que se había operado en Gabriela. 

— No se acuerde de mí, — respondía a cada 
pregunta. 

Y por último, asediada por las exigencias del 
joven que con cambio tan inesperado púsose 
extremadamente nervioso, argüyó: 

— No puedo... no debo quererle... Soy pa otro. 

— ¡Gabriela! — exclamó Braulio espantado de 
lo que oía. Pero ésta sin atenderle, dió unos pasos 
con rapidez y entró en su aposento. 

¿Era posible que después de haberle manifes- 
tado que le amaba, se obstinara en decir que no 
podía, que no debía quererle? ¿Acaso sentiría 
algún afecto por su rival, o bajo la amenaza de 
éste, estaba resuelta a entregársele en cuerpo y 
alma? A cada día, a cada hora, se presentaba un 
nuevo misterio, un nuevo conflicto. 

Por la tarde ensilló un obscuro azabache, y, 
pretextando que iba a recorrer el potrero de la 
invernada, salió al campo, solo, dispuesto a ir a 
casa de doña Faustina. 



AGRESTE 


107 


Caía un sol que achicharraba a cuanto ser vi- 
viente saliera a la intemperie ; por eso Braulio, 
no apuró la marcha por no fatigar al caballo, que 
así mismo, sudaba a mares, llevaba caídas las 
orejas y dilatados los agujeros de la nariz. 

La vieja salió a recibirlo. 

— ¿Qué lo trae por aquí don Braulio? 

— Quisiera charlar un rato con usted. 

— Pase pa dentro, que el sol está muy juerte. 

Y antes de que traspusiera el umbral, agregó: 

— Aquí se le va a recibir pobremente, nomás. 
No tengo otra cosa que cuatro trastos viejos, 
ansina como j'^o. 

Braulio, sin responder, entró en la choza y se 
quitó el sombrero. 

— Cúbrase, cúbrase, — decía doña Faustina, pero 
el joven no accedió a su pedido. 

La dueña de casa salió afuera para encomen 
darle al gtiri que avivara el fuego y preparase el 
mate; y durante su ausencia, el visitante pudo 
dar un rápido vistazo a lo que había en aquel 
cuchitril. 

La choza, aunque denotaba haber sido construida 
pocos años ha, de mal trabajadas que fueron las 
paredes, habíanse desmoronado los terrones en 
varios lugares, dejando abiertos algunos tragalu- 
ces por donde penetraba el aire y la claridad. 
La pieza estaba alhajada con un catre, y encima 
de él, un colchón de paja sucio y mal oliente; un 
banco y dos o tres cajones llenos de andrajos y 



108 


DOMINGO A. CAILLAVA 


trapos viejos. Además, veíase en un ángulo, un 
estante colgado de la pared que sostenía algunos 
menesteres de cocina y un mechón de cerda del 
que colgaba la mitad de un peine que, de lejos 
en lejos, le servía a doña Faustina para alisarse 
los desgreñados cabellos. 

Nada causó más repulsión a Braulio, que el 
hedor nauseabundo que flotaba en el ambiente y 
que en el primer momento le obligó a taparse 
los agujeros de la nariz. 

La vieja tornó arrastrando las chancletas y 
fumando un cigarro de tabaco fortísimo. 

— iQué güeno con don Braulio! Yo creí que 
usted no visitaba a los pobres, expresó con iro- 
nía, rriientras se sentaba en el suelo, sobre un 
cojín que trajo de exprofeso para el caso. 

— Usted sabe muchas historias, de otros tiempos 
y como aquí en la estancia, desde que llegué, 
nadie me ha contado nada, yo desearía que usted, 
que es antigua en el pago, me reflriese cosas de 
antes. Por ejemplo, de cuando mama vivía. 

La vieja, lo miraba atentamente, con recelo. 

— Vaya, cuente algo de mi madre y de lo que 
hizo tata después que enviudó. 

— ¿ Pa qué quiere saber éso ? 

— Para enterarme de cómo ha sido tata durante 
su vida. 

Estas palabras concluyeron por dejar perpleja 
a la pécora que hasta dudó de que estaba real- 
mente hablando con el hijo de don Manduca. 



AGRESTE 


1Ó9 


Como éste insistía más y más en su pedido, 
doña Faustina concluyó por decirle: 

— Güeno, pero antes quiero que me diga una 
cosa De veras ¿usté le anda arrastrando el ala 
a Gabriela? 

Braulio titubeó si responder o no. Luego resol- 
vió hacerlo: 

--Sí, porque la quiero mucho. 

— ¡ Ah ! — Ta güeno . . . ta güeno. 

— Esto no tiene nada que ver con lo que le he 
preguntado. 

— Pero si el patrón supiera, no le iba a gustar 
que ande hablando ciertas cosas. 

— Hable nomás sin miedo, que yo no voy a ir 
con chismes, — articuló Braulio, depositando en su 
mano una moneda de oro. 

Hacía tanto tiempo que la infeliz no veía una 
moneda de tal valor, que la miró varias veces 
de ambos lados y luego la dejó caer sobre una 
lata, deseosa de escuchar su sonido. 

— Suena lindo, — exclamó loca de júbilo, sin 
saber cómo agradeder la dádiva. 

— Vamos, cuénteme todo, que ya es tarde y el 
tiempo pasa ligero. 

Doña Faustina tiró el cigarro; salivó, y después 
de pasarse la mano por la cabeza, comenzó a 
referir la historia completa de la vida matrimonial 
de don Manduca con su esposa, la madre de 
Braulio; detalles que carecen de interés y que, 
por lo tanto, no hay razón para enumerarlos. 



lio 


DOMINdÓ Á. CAILLAVÁ 


El joven la escuchaba con atención, sin perder 
gesto ni palabra de lo que h:icía ni de lo que 
decía; y ésta, con ronca voz, continuó su narra- 
ción, deteniéndose al final de los párrafos largos 
para tomar aliento; pero Braulio, impaciente, 
obligábala a seguir. 

Después de referir cómo murió la esposa de 
Junqueiro, detúvose, 

Braulio articuló: 

— Y ahora, ^;por qué no sigue? 

Ella le dirigió su mirada severa y escudriñadora. 

— Porque ... lo demás es una historia muy 
negra. 

He aquí, en síntesis, lo que le contó a Braulio. 

No pudiendo don Manduca acostumbrarse a 
vivir solo, decidió buscar una mujer que quisiese 
ser su compañera y al efecto, empezó a ir con 
frecuencia a casa de un convecino, hombre pobre, 
pero honrado y trabajador, de nombre Dimas 
Llórente. Poseía este hombre una esposa esbelta y 
gallarda. Don Manduca se enamoró de Rafaela, que 
así se llamaba la cónyuge de Llórente, y nadie supo 
qué medios empleó para conquistarla, pues breve 
tiempo más tarde la instaló en el puesto del « alto 
grande», y alí quedó como mujer su^’a. Tenía 
una hija que la llevó consigo y que en esa época 
era muy pequeña aún. Esta criatura se llamaba 
Gabriela. Don Dimas, hombre bueno, pero altivo 
y valiente, al regresar de un largo viaje y ente- 
rarse de que el vecino le había secuestrado la 



ÁGRESl'E 


lll 


esposa, resolvió vengar la ofensa; y así lo hizo 
efectivamente, pero con tan mala suerte qüe perdió 
la vida en el lance. Es verdad que tuvo que luchar 
contra tres individuos, de los cuales uno era Be- 
navides, mas nadie presenció la refriega. La hazaña 
quedó ignorada, porque don Manduca en compli- 
cidad con el comisario de la sección, arreglaron 
el asunto y aunque en el pago hubieron habla- 
durías, es lo cierto que poco después ya nadie se 
acordó del muerto ni de cómo ocurrió el suceso. 
El hacendado brasileño vivió alguos años en com- 
pañía de Rafaela, pero poco a poco se hastió de 
sus encantos, debido al carácter brusco e indómito 
de ella; comenzaron las discusiones, los reproches 
y hasta los insultos de una y otra parte. Un buen 
día, él se alejó de la casa y no volvió más. Desde 
entonces, rompieron las relaciones para siempre. 
Quedó en el « puesto », en calidad de sirviente, 
doña Faustina ; y Benavides como agregado para 
acompañarlas. Al poco tiempo, una noche . . . 

Aquí interrumpió el relato ; le temblaba la voz 
y sus ojos centelleaban en la obscuridad de la 
pieza, como dos linternas de luz fúlgida y potente. 
Braulio, cada vez más interesado por esta historia, 
la alentó a que continuase. Una noche, pues, con- 
cluida la cena, ambas mujeres tomaban mate en 
la cocina, cuando de pronto vieron que por las 
abertuias comenzaba a penetrar un humo negro 
y denso y lenguas de fuego, formando espirales 
inverosímiles, que con extrema celeridad devora- 



112 DOMINGO Á. CAÍLLAVA 

ban el techo de la casa. Las dos huyeron hacia la 
puerta, siendo Rafaela la primera en salir. A poco 
doña Faiistina, cuando intentaba trasponer el dintel, 
oyó un quejido y vió a Benavides que, con el facón 
en la mano, yacía junto al cuerpo exánime de la 
desdichada Rafaela en impávida tranquilidad. 
Doña Faustina, amedrentada, pretendió huir al 
campo, mas el capataz, con su brazo la detuvo. 
Le ordenó que recogiera a Gabriela que dormía 
en una de las habitaciones y ella, sin parpadear 
siquiera, cumplió el mandato. Montaron luego en 
dos caballos que el criminal tenía ensillados ya de 
antemano, y se dirigieron hacia el rancho en 
donde se hospedaba provisoriamente don Man- 
duca, en tanto el « puesto del alto grande » seguía 
ardiendo y derrumbándose, sepultando entre los 
escombros, el cuerpo de la desventurada mujer. 

De esta fechoría, nadie se enteró, porque bien 
se cuidaron de no divulgarla los tres cómplices. 
Aún así mismo, dió margen a que la gente de 
las inmediaciones hiciera mil conjeturas y señalase 
con el dedo, como único autor de crimen tan 
inicuo, al viejo Junqueiro Pintos. 

Después de esta narración, doña Faustina miró 
a Braulio que hallábase anonadado por lo que 
acababa de escuchar, con la vista en el suelo y 
una rara expi esión en su fisonomía. 

— Historia negra y triste, £ verdad ?, — dijo por 
último, sacando a Braulio del ensimismamiento en 
que se hallaba. 



AGRESTE 


113 


— Supongo que todo lo que ha dicho es cierto. 

— Por esta luz que me está alumbrando, le juro 
que tuito es positivo, — y juntando los dedos en 
forma de cruz, los besó. 

Queriendo satisfacer de todos modos la curio- 
sidad del visitante, empezó de nuevo a referir 
otros pormenores de la vida de don Manduca, 
pero Braulio dijo que no era menester que pro- 
siguiese porque había averiguado lo que más le 
interesaba. 

Y al instante, púsose en actitud de marchar ; 
se caló el sombrero de fieltro y cogió la fusta 
que dejara colgando del picaporte al llegar. Doña 
Faustina lo acompañó hasta el palenque donde se 
hallaba el caballo, semi - dormido, espantando las 
moscas con pereza. 

— Don Braulio, le pido por lo que más quiera 
en el mundo que nadita de lo que le conté vaya 
a decirle a su tata. 

— Pierda cuidado; que por mí, nadie sabrá nada. 

— Le recomiendo mucho don Braulio, que... 

— No tenga miedo. Y ya que usted me pide 
algo, yo a mi vez le voy a pedir que no vuelva 
a majaderear a Gabriela con sus visitas y con sus 
charlas fastidiosas. 

La vieja quiso excusarse, pero su intento resultó 
vano, porque el joven montó y se alejó de la 
choza, en tanto la extraña mujer seguía aún ha- 
blando y gesticulando con movimientos exagerados. 



114 


DOMINGO A. CAILLAVÁ 


XI 

Tan honda impresión causaron en Braulio los 
secretos de doña Faustina que optó por marcharse 
a Soriano, pero cuando se hallaba resuelto a 
efectuar el viaje, se acordó de Gabriela, pensó 
en su amor y tuvo que desistir de tal propósito. 
Por otra parte, era un egoísmo dejarla a merced 
de las arbitrariedades de su padre o Benavides. 
Era preciso estar a su lado para defenderla, para 
librarla de la acción bárbara e injusta que pen- 
saban cometer con ella. 

Con Benavides no volvió a hablar desde el 
incidente; ambos rivales mirábanse con encono 
y sentíanse mutuamente un odio profundo y acen- 
drado 

Indalecio, por su parte, empeñábase en conquistar 
la estimación de Gabriela; y como presumía que 
andando el tiempo podría perderla, pues veía 
que la moza se inclinaba por Braulio, valíase de 
todos los medios imaginables para obtener su 
afecto. 

Por eso al principio empleó palabras duras y 
autoritarias ; pero desde que estuvo enfermo, 
cambió de táctica mostrándose complaciente y be- 
névolo para con ella. Mas de poco sirvieron estos 
ardides; Gabriela continuó siéndola novia huraña 
y desdeñosa. 





Ufe 

Temeroso de que Braulio consiguiese por fin 
adueñarse del corazón de la muchacha, pasábase 
las horas acechando sus pasos; y por las noches, 
no pudiendo reconciliar el sueño, levantábase sin 
ser sentido de nadie y llegaba a la ventana de 
la habitación de Gabriela y allí estaba hasta la 
aurora, quieto, abstraído, acercando de cuando en 
cuando el oído a la reja a ver si percibía algún 
rumor. 

Llegó un momento en que los celos le atormen- 
taron de tal manera que un día, enderezó hacia 
la choza de doña Faustina, donde poco antes de 
morir la tarde, descabalgó sin ser sentido por ella. 

Desde la mañana caía una llovizna finísima, que 
a esa hora recudecía, transformándose en copiosos 
aguaceros. 

Cuando hubo maneado con prolijidad al rosillo 
y quitado los pellones del basto para que no se 
humedecieran, re acercó a la puerta y antes de 
entrar, miró lo que la estrambótica vieja estaba 
haciendo. Hallábase ocupada en avivar la llama 
y en preparar lo necesario para la cena; mas, al 
ver una sombra en el umbral, volvióse sobresaltada. 

— Ah! ¿era usté, don Indalecio? Pase pa dentro, 
que áhi se está mojando. 

El paisano, al ver que se encontraba sola, le 
preguntó : 

— ¿Y el gurí? 

— Lo mandé que juese hasta lo de don Timoteo 
a pedirle un poquito de arroz. Y está demorando 1 



Í16 DOMINGO A. CAÍLLAVA 

Dejuro se ha entretenido en la estancia, o de no, 
tiene miedo de hallar las cañadas crecidas. 

— Así ha de ser, no más, — afirmó Benavides. 

Después de una pausa: 

— Y viene lindo que no esté aquí. 

— ¿Por qué? 

— Porque tengo mucho que prosear con usté 
y quiero que naide nos escuche. ¿Ha oído? 

— ¿Y no he de oir? ¿De qué se trata? 

— Aguardesé. 

Benavides se asomó a la puerta ; se cercioró de 
que estaban solos, y después de quitarse el poncho, 
se sentó en el único banco que había en la cho- 
za. La vieja hizo lo mismo sobre su hedoroso 
catre. 

Y el capataz dijo que notaba a Gabriela más 
rara cada día y que era evidente que debía sen- 
tirse enamorada de Braulio, que los había visto 
juntos que ella lo miraba con ternura y que más 
de una vez se había dejado cojer la mano. Por 
último, le refirió h^s sinsabores que él pasaba: las 
noches terribles de insomnio y el temor que tenía 
de perderla. 

La vieja se empeñó en tranquilizarlo, pero exal- 
tado por la cólera, siguió hablando y maldiciendo 
a su protector y a su negra suerte. 

— Calmesé, don Indalecio. Vea que no es güeno 
ponerse ansina; Gabriela va ser pa usté; no se 
apure por eso. Tengo confianza que el remedio 
que puse en el pocilio cuando estuve en la están- 



AGRESTE 


117 


da, la va hacer cambiar muy pronto. Y dispués, 
que al venirme pude sacarle una prienda pa . . . 
pa . . . 

— ¿Pa qué? 

— Pa echarle un daño muy juerte, — exclamó 
la vieja con acento siniestro, guiñando un ojo. 

Y mostróle el pañuelo de Gabriela. 

El capataz palideció, pero como aquélla sonriera, 
él, con marcada hipocresía, hizo lo mismo. 

No se sabe por qué extraña aberración, el su- 
persticioso paisano sospechó que en aquéllo había 
mucho de fábula, y por eso le dijo: 

— Desconfeo que dende que Braulio estuvo, 
aquí, usté tuito lo que hace es en favor suyo. 

1 Claro, como el mozo tiene muchos ríales y es el 
hijo del patrón . . . conviene andar bien con él I 

— Naide puede decir eso, porque es mentira, 
pura mentira. 

— Tamién, si juese cierto... — la interrumpió 
Indalecio, con mirada amenazante. 

La mujer continuó negando lo que éste preten- 
día afirmar y diciendo que mal pagaba su afán 
por conseguir el amor de la muchacha. 

— Güeno, ya que dice que todo lo hace por mí, 
deme alguna cosa pa que se me pase esta rabia 
y ansina pueda creer que usté dice la verdá. 

Por un breve lapso de tiempo, doña Faustina 
dudó si darle o no a beber algún elixir. Resolvió 
hacerlo, y púsose a buscar un frasco oculto entre 
la ropa que había dentro de un cajón, cuando 



118 


DOMINGO A. CAILLAVA 


Benavides irguiéndose de pronto, la increpó: 

— ¿Se ha creído que voy a tragar sus cosas? 
Guárdeselas , nomás, que yo no tomo ve- 
nenos. 

Aquí se inició una acalorada discusión ; la vieja, 
furibunda porque el capataz no creía en sus sor- 
tilegios, de cuyo poder hallábase plenamente con- 
vencida ; éste, encolerizado porque le parecía que 
aquélla no se conformaba con traicionarlo, sino 
que hasta pretendía darle a beber un filtro infer- 
nal, quién sabe con qué premeditado propósito. 
Por las contradicciones en que incurría; por la 
agrefávidad con que trataba a su compañera y 
cómplice de sus infamias, es de imaginarse que 
no sólo ¿estos arrebatos provenían de su ira 
reconcentrada, sino que en tal instante padecía 
un ataque de enagenación mental. 

Unicamente así se explica que cuando la discusión 
llegó a su punto culminante, Benavides desenvai- 
nara su daga, y fuese hacia la vieja con intenciones 
de quitarle la vida. 

— Las vas a pagar todas juntas. 

Doña Faustina que no esperaba por cierto esta 
agresión, se agazapó detrás del catre, en un ángulo 
de la choza. Ahora sí que sus ojos brillaban como 
los de un felino en la penumbra del atardecer; 
ahdra sí que su aspecto imponente hacía recordar 
a las brujas del aquelarre, aquéllas que con los 
cabellos desgreñados, el busto enjuto, la cara 
pálida y rugosa, salían, según la leyenda, de las 



AGEESTE 


119 


cavernas del Brocker, montadas en escobas, los 
sábados al dar las doce de la noche. 

La lucha fué breve, pero decisiva. La mujer se 
defendió como pudo, empuñando un palo que 
servía de tranca ; se oyó por unos segundos crugir 
el catre, hacerse añicos algunos trastos y por 
último, ayes quejumbrosos que fueron lentamente 
apagándose entre el susurro de la lluvia que en 
estos instantes caía a torrentes. 

Poco después, un hombre emponchado, salía de 
la choza. Se dirigió hacia el caballo que, de es- 
paldas al viento, soportaba el chaparrón con re- 
signada calma. Arregló el apero y montó, mirando 
de soslayo al mísero ranchito que quedaba perdido 
entre la densa obscuridad de aquel anochecer 
lóbrego y melancólico. El hombre no temió extra- 
viarse, pues asaz de baquiano y avezado a estas 
andanzas, la luz lívida de los relámpagos servíale 
de antorcha para no perder el rumbo. Continuó 
la marcha al trote, y el bridón estremecido por 
el eco de los truenos lejanos movía las orejas y 
bufaba de miedo. Tan intranquilo e impresionado 
como el caballo, iba el jinete, que a pesar de 
querer serenar su espíritu, su cuerpo temblaba y 
su mirada clavábase en las sombras, como si te- 
miese encontrar en todas partes los ojos fosfores- 
centes de la bruja. 



120 


DOMINGO A. CAILLAVA 


XII 

Desde que se supo en Ja estancia que doña 
Faustina había sido asesinada, no sólo íué Braulio 
quien sospechó de que el criminal no podía ser 
otro que Benavides; algunos de los peones tam- 
bién así lo creyeron y por cierto que pronto se 
encargaron de divulgarlo; de suerte que, una 
semana más tarde, todo el vecindario acusaba al 
capataz de la muerte de la vieja. Sin embargo, la 
autoridad policial permanecía indiferente al hecho 
y ni siquiera por sospechas detuvieron a Indalecio 
ni le tomaron declaraciones. Bien es verdad que 
don Manduca habló a solas extensamente con el 
comisario y como ambos eran íntimos amigos, no 
se sabe qué convinieron entre ellos, pues una vez 
que los policianos dieron sepultura al cadáver, no 
volvieron por la estancia ni se ocuparon más del 
asunto. 

Inútil fué que Braulio pidiese a su padre que 
se hiciese justicia ; don Manduca le repitió varias 
veces : 

— La cosa no es pa tanto. ¿No ves que era 
una vieja enredadora y sinvergüenza? 

Un día festivo, en que casi todos los habitantes 
de la estancia salieron de paseo, Braulio buscó 
ocasión para hablar a solas con la muchacha. 
Tropezaron ambos por casualidad en la sala, y 



AGRESTE 


121 


aunque Gabriela pretextó algunos quehaceres, le 
pidió que lo escuchara. 

— De unos días acá te noto rara, poco comu- 
nicativa, indiferente. ¿Qué te pasa? ¿Quieres de 
veras a Indalecio? Aunque fuese cierta esta te- 
rrible sospecha, necesito que me lo digas. 

— ¿Usted me cree capaz de eso? 

— Es claro que me cuesta creerlo y por tal 
razón es que te lo pregunto. Me parece que nunca 
lo has querido. Pero lo que no me explico, es 
por qué cuando hablamos de él lo defiendes siem- 
pie, por qué te hallas tan triste y por qué pro- 
curas huir de mi presencia. Aquí se esconde un 
nuevo misterio. ¿Qué pasa Gabriela, qué pasa? 

— Lo que le dije tantas veces, que estoy des- 
tinada pa ese hombre y que no puedo ser pa usted. 

— Pero tú desearías serlo, ¿verdad? 

La lugareña inclinó la cabeza afirmativamente. 

— Pues si lo deseas, deja que yo arregle todo; 

— No, no diga nadida. Váyase de aquí. Olvídeme. 

— ¿Volvemos a las mismas? 

— No sé lo que digo ... yo . . . estoy loca. — Y 
se echó a llorar. 

Braulio la acarició; le dijo que desde ese día 
en adelante ya nadie ejercería presión sobre su 
voluntad, que para eso estaba él, para defen- 
derla. 

—Usted, quedándose aquí, me hace mucho mal. 

— ¿Te hago mal? ¿Por qué? 

La infeliz, soltó el llanto de nuevo y de nada 



122 


DOMINGO A. CAILLAVA 


valieron las frases de cariño y de consuelo que 
repetía Braulio. 

— Explícame por qué te hago mal. 

— No, no puede ser. Por todo el amor que me 
tiene, váyase pronto, mañana; y... no se acuerde 
más de mí. 

— Cumpliré tu pedido, menos en lo que se 
refiere a olvidarte. Eso es imposible. Te quiero 
mucho, y este querer no se olvida tan fácilmente. 

Permanecieron los dos en silencio. Gabriela, 
aún sollozaba y Braulio, de pié, agitado y nervioso, 
se apoyó en un mueble. 

Mas de antuvión, acercóse a la joven y con voz 
queda, murmuró: 

— Oye, estoy dispuesto a todo, menos a per- 
derte. ¿Deseas que te libre de la tiranía de mi 
padre y de las asechanzas de Benavides? 

— Llevarme de aquí, sería un disparate — bal- 
buceó la cuitada. Cesaron los arrebatos de Braulio 
y volvieron a quedar en silencio. 

Gabriela, al verlo con la cabeza apoyada en 
las manos, suspirando profundamente, se le apro- 
ximó; y cuando estuvo a su lado, le palnieó el 
hombro. Él la miró con amargura, 

— ¿Verdá que se va a dir? 

— Haré lo que tú quieras. Me iré. 

Luego Gabriela se dirigió a su habitación y 
Braulio pasó una buena hora entregado a sus 
pensamientos. 


* ♦ ♦ 



AGRESTE 


123 


Desde que ocurrió el suceso de la choza, Be- 
navides asumía otra actitud. Su ímpetu desmedido, 
de hombre acostumbrado a mandar siempre; su 
carácter bravio y fogoso; su mirada penetrante, 
ya. no eran rasgos peculiares e instintivos en su 
persona. 

Una mañana don Manduca en el momento en 
que se disponía a salir al campo, le preguntó : 

— ¿ Qué está haciendo ahí, amigo ? 

— Nada; tomando el sol. 

— Ta güeno. ¿No viene con nosotros? 

— Me siento algo enfermo. 

— Antonce, quedesé nomás. 

Don Manduca llamó a Braulio 3' a varios peones 
para que fuesen en su compañía a hacer los tra- 
bajos del día. 

Por el camino, Braulio le dijo a su padre: 

— Tata, ha de saber que para la semana en- 
trante pienso volver a Soriano. 

— ¿De veras, pensás dirte? 

-Sí. 

Iba a explicar las razones que lo impulsaban a 
alejarse, pero se contuvo considerando que sería 
vana empresa levantar querellas, cuando su de- 
cisión era irrevocable. 

— Si usted está disgustado con alguien, debe 
decírmelo . . . 

— No, con nadie; absolutamente. 

— Siendo ansina . . . — repuso don Manduca sin 
terminar la frase. 



124 


DOMINGO A. CAILLAVA 


Practicaron curaciones a los animales enfermos 
y a las doce llegaban de regreso a las casas. 

La mestiza Ramona salió al encuentro de ellos. 
Había en su rostro una expresión de terror y de 
pena al mismo tiempo. 

Don Manduca, comprendió que algo grave 
acontecía. 

— ¿Qué hay? ¿Qué sucede? 

— Mucho de malo, patrón. Don Indalecio se jué 
y llevó ... a la juerza, porque ella no quería, a la 
niña Gabriela. 

— ¡A Gabriela!, — exclamó Braulio, estupefacto. 

El viejo estanciero, con gesto agrio, pero sin 

inmutarse mayormente, ordenó a la peona: 

— A ver, cuente como jué eso. 

Entonces Ramona, explicó lo acaecido. 

Momentos después que salieron al campo, Be* 

navides trajo su caballo málacara, lo ensilló con 
sus mejores arreos y se vistió con sus flamantes 
ropas. Llegaron dos peones, que tornaban de re- 
correr el campo y después de larga conversación 
con el capataz, la mestiza observó que mudaban 
de caballos. 

Mientras efectuaban el cambio, Benavides se 
dirigió a la sala en busca de Gabriela. Allí la 
encontró. La sirvienta no supo decir lo que habla- 
ron, pues hallábase en la cocina ocupada en sus 
menesteres. Breve debió ser el diálogo porque al 
momento oyó gritos, y cuando acudió en demanda 
de auxilio, vió que el capataz, iba hacia el galpón 



AGRESTE 


126 


llevando en brazos a la muchacha. Corrió tras él, 
pidiendo que la dejara, mas de nada valieron sus 
súplicas. Al llegar al caballo la alzó sobre el reca- 
do, y en un instante, él también hallóse en la silla, 
partiendo de inmediato. Los peones que presen- 
ciaron el atropello, siguieron detrás del raptor 
bien armados y municionados como fieles cómpli- 
ces suyos. 

En este punto del relato, Braulio la interrogó: 

— ¿Y para dónde fueron? 

— Pa allá, pa allá, — repetía la mestiza indicando 
con sus dedos la entrada principal del bañado. 

Braulio, se dejó caer sobre una pila de cueros 
secos y ocultó el rostro entre las manos. Poco 
después, cuando levantó la vista notó que su padre 
y Ramona no estaban ya en el galpón. Sólo los 
peones, unos en cuclillas, otros de pié, en silencio 
todos, miraban al joven con los rostros compun- 
gidos; demostración fidedigna del profundo pesar 
que también los embargaba. 

Irguiéndose de pronto, dijo con entereza y re- 
solución : 

— ¡ Ah 1 bandido 1 Juro que te seguiré a donde 
quiera que vayas. 



126 


í)OMING}Ó Á. CAIVALLÁ 


XIII 


Braulio ordenó al pardo Mingóte que fuera a 
traer los mejores caballos. Solicitó la ayuda de 
dos peones, los que de inmediato pusiéronse a 
sus órdenes, igualmente Juancito que no hacía 
otra cosa que sollozar en los rincones, procurando 
no ser visto por nadie. 

Cuando iban a montar, apareció en el galpón 
don Manduca pálido y tembloroso, y dirigiéndose 
a su hijo, le suplicó que desistiera de su empresa 

— Eso faltaba; venirme con pedidos, cuando 
usted es el culpable de lo que está ocurriendo. 

En seguida cogió el Winchester, y dijo a sus 
hombres : 

— Vamos, muchachos, que el tiempo apremia. 

Los cuatro veteranos se unieron a él, llevando 

las armas en las cinturas, colgando de las mu- 
ñecas los gruesos rebenques de cuero .sin curtir 
y en los talones, ajustados a las botas, los afilados 
espolines. 

Braulio estaba convencido de que podía contar 
con la gente que lo acompañaba para cualquier 
apuro. 

Como primera medida, llamó aparte a Mingóte 
y le manifestó que confiaba en él, porque había 
oído decir que era hombre avezado a tales aven- 
turas y aún más porque sabía su pericia como 



AGRESTE 


127 


conocedor de los vados ocultos del río y de los 
escondrijos de la selva. 

A pesar de la terrible excitación de sus nervios, 
sentíase más tranquilo desde que salió de la casa 
y se vió en pleno campo, quizá a corta distancia 
del hombre que le había secuestrado la mujer 
amada. 

Mingóte pretendió buscar rastros. Vano empeño. 
¿Cómo hallarlos en la vega por donde iban, si 
con la tierra seca y el poco pasto, hasta las pisa- 
das de los caballos eran imperceptibles? 

El baqueano se detuvo. Permaneció algunos 
instantes callado, y luego, cuando hubo levantado 
el ala del descolorido chambergo, dijo: 

— Venimos con mal rumbo. Pa mí que Benavides 
ganó pal «rincón del guazubirá», que es un lugar 
feísimo y medio difícil de llegar a él. 

— ¿Entonces . . . ? 

— Vamo a dir pa allá— agregó, señalando con 
la mano un inmenso pajonal amar liento como 
mies sazonada. 

No soplaba brisa ni siquiera para mecer las 
flechillas; de ahí que los hombres, con el sol de 
frente, llevaran los rostros chorreados de sudor, 
las bocas semiabiertas y los pechos jadeantes. Y 
cuando entraron en el bañado, la marcha fué casi 
insoportable, sobre todo para Braulio no acostum- 
brado a estas travesías, porque si en la vega 
escaseaba el aire, aquí faltaba hasta para res- 
pirar, a causa de que el pajonal era tan alto que 



128 


DOMINGO Á. CAÍLLAVÁ 


escondía por completo la silueta de los jinetes. 

Los corceles daban tropezones, caín en blando, 
metían los cascos en cuevas de peludos con grave 
peligro de dislocarse una pata y hacían levantar 
del suelo y de las ciénagas, inmensas nubes de 
mosquitos y jejenes que exasperaban a las bestias 
y no menos a los que iban en su lomo. 

De a trechos, hallaban manchones exentos de 
paja; pero, en cambio, con charcos cubiertos de 
yuyos y plantas acuáticas que también obstacu- 
lizaban el paso de los caballos. Al estrépito que 
producía el recio choque de las patas en el agua 
estancada, dejaban de croar las ranas; y las nu- 
trias trepadas en los gajos de los arbustos, arro- 
jábanse a la laguna con ímpetu desmedido, des- 
apareciendo bajo la superficie. Esta jornada duró 
una media hora aproximadamente; después entra- 
ron en cierta llanura, sin chilcas y maciegas y 
entonces los hombres se apearon para ajustar las 
cinchas y dar un buen merecido descanso a los 
bridones. 

Después de un momento: 

— Vamos, — dijo Braulio, y volvieron a andar. 

Dado lo uniforme del terreno, lanzaron los ca- 
ballos al galope, y en pocos minutos recorrieron 
el trayecto que había entre el estero y el monte. 

Comenzaron a internarse en él. Mingóte, como 
boquiano, iba adelante, y los demás de uno en 
fondo, seguíanlo paso a paso; primero, por entre 
espinillos, cuidando que las espinas no les des- 



ÁGRÉSTii 


129 

¿arrasen las ropas y la piel; después, por un abra 
de rica exuberante vegetación, donde pastaban 
un casal de venados que, al verlos, diéronse a la 
fuga ocultándose en las breñas, y ahora se halla- 
ban frente a la estrecha picada, que según Min- 
góte, conducía al « rincón del guazubirá ». 

Al llegar^el sol al poniente, fué cuando dieron 
con la ribera del río. 

Las aguas enturbiadas por las raíces de las 
plantas, corrían con lentitud por dos cauces situa- 
dos a cada margen, dejando en medio un extenso 
islote de arcilla salpicado de frondosos sarandíes. 

De antuvión, el baquiano se detuvo ; púsose en 
cuclillas para observar el rastro, y, con un ademán 
enérgico, hizo guardar silencio a los demás. 

Se acercó a Braulio que lo miraba sorprendido, 
y mostrándole en la tierra la horma apenas visi- 
ble de un taco de bota, díjole: 

— Por aquí ha andao gente. 

— ¿Habrán sido ellos? 

— Dejuro haber sido. De nó, ¿quién puede ve- 
nir hasta este sitio si no es güen baquiano? 

Intensa alegría embargó a Braulio los sentidos. 

— Sigamos, sigamos — exclamó con júbilo, em- 
pujando a Mingóte. 

El sol habíase ocultado, y con rapidez extra- 
ordinaria tornábase negra la concavidad de la 
selva. Sus moradores instalados en las ramas o 
en las cuevas en que habían de pernoctar, des- 
pedían a la tarde con cánticos y aullidos que 



boMingo a. CAÍVALLá 


láo 


repercutían por todas partes con formidable es- 
truendo. Los árboles, en hileras desiguales, seme- 
jaban legiones de romanos prontas a cargar sobre 
el enemigo situado en la orilla opuesta; y délas 
corpulencias de verde follaje, orladas con floreci- 
llas distintas, desprendíanse fantásticas visiones 
que se diluían cuando los hombres se acercaban 
a ellas. 

Cierta inquietud infundía aquella inmensa selva 
al anochecer, no tanto por ser de suyo imponente 
y temible, cuanto por la impresión que produce 
todo sitio lóbrego e inseguro. 

En un descampado. Mingóte se detuvo, y le 
dijo al joven: 

— Vamo a dejar los caballos bien maneados y 
seguiremos de a pié, porque el « potrero del gua- 
zubirá > ta muy cerquita ya. 

Los dejaron bien sujetos por maneas y cabes- 
tros y siguieron al baquiano después de quitarse 
las espuelas. Así iban, cuando de repente oyeron 
un fuerte aleteo y Braulio sintió en sus mejillas 
el roce de las plumas de un ave que al alzar el 
vuelo le alcanzó a tocar. 

— Lechuzones 1 — dijo Mingóte, con voz trémula. 

En electo eran dos buhos de ojos fosforescentes 

que, sorprendidos por los intrusos, huyeron a es- 
conderse en el hueco de algún árbol cente- 
nario. 

Los gauchos pensaron para sí que aquel era 
anuncio de mal agüero; pero Braulio que no creía 



AGRESTE 


131 


en supersticiones, atribuyó el encuentro a obra 
de la casualidad. 

El guía exploró de nuevo el terreno. 

— Patroncito, yo veo colorear algo a este rumbo. 
¿No es fuego? 

Cuando observó minuciosamente, añadió: 

— Es fuego, sí. Es el fogón de los hombres. 

Por entre la maraña, se divisaba el resplandor 

de una hoguera, que a buen seguro habría de ser, 
como creía el baquiano, el vivac de los matreros. 

Hallábanse prontos a atacar ya, cuando sonó un 
disparo y una bala silbó sobre sus cabezas. 

Habían sido sentidos por los malhechores. 

Segundos después, los adversarios se vieron 
frente a frente. Los súbditos de Braulio se ten- 
dieron en el suelo, diseminados por aquí y por 
allá, agazapándose entre los juncos o detrás de 
troncos secos que les servían de trinchera y co- 
menzaron a descerrajar balazos. 

En la quietud del oscurecer, estallaron con es- 
trépito las armas explosivas; y el ruido de las 
pisadas y el vocerío intermitente de los aguerridos, 
produjeron tal algazara, que la fauna montaraz, 
huyo despavorida en medio de fuertes alaridos. 

Como el fuego arreciaba, los dos compañeros 
del capataz, volviendo la espalda a los contrarios, 
abandonaron a su cabecilla, quién los increpó ru- 
damente; pero de nada valieron las amenazas, 
porque los secuaces sin obedecerle desaparecie- 
ron monte adentro. 



132 


DOMINGO A. CAILLAVA 


Iniciada la derrota, Mingóte y los otros peones 
acometieron a Benavides que en ese instante aco- 
rralaba a Braulio contra unos corpulentos sauces. 

El capataz, considerando quizás las malas cir- 
cunstancias en que se veía debido a la falta de 
protección, desistió de su propósito y empezó a 
retirarse por un descampado que conducía a la 
ribera cercana. Entonces los tres paisanos, con 
los facones desenvainados, centellantes al fulgor 
indeciso de la hoguera, corrieron detrás de él, 
prorrumpiendo gritos injuriosos que el perseguido 
escuchaba sin responder. 

Librado el joven del crítico trance en que se 
viera, pensó en su novia; y arrojando el fusil, 
fué hacia ella. 

La muchacha, que presenció la reyerta sin valor 
para moverse ni para balbucir palabras de auxilio, 
arrojóse sobre su pecho, muda, inconsciente. Al 
besarla, notó Braulio que sus mejillas estaban 
frías como las de una muerta, pero que conserva- 
ban su pudor. 

Ese fué el primer abrazo que se dieron y la 
primera franca demostración de amor que recibió 
el mozo de parte de ella. Así pues, al oprimirla 
contra su corazón, sintió que era suya, tan suya 
que ya nadie la arrancaría de sus brazos. 

Entretanto, sus tres esforzados compañeros, se- 
guían a Benavides que, retrocedía cada vez más, 
probablemente con intenciones de llegar al barfan- 
co para arrojarse al río, pues Mingóte había lo- 



AGRESTE 


133 


grado herirlo de gravedad con su daga, en el 
rostro y en el abdomen. 

— No aflojen, muchachos, que el hombre es 
nuestro. 

Unos pasos más y el fugitivo con bastante ra- 
pidez, quitóse el saco y el sombrero y se lanzó 
al abismo. El cuerpo chocó en las calladas y 
apacibles aguas del Yaguarón y hundióse en su 
seno para después volver a aparecer en la su- 
perficie. La luna, que desde el cénit blanqueaba 
la corriente, permitió que los hombres viesen el 
cadáver. 

— Se ha ahogao — exclamó Mingóte. Y los tres» 
en un arranque de respeto al muerto, simultáneo 
e instintintivo, se descubrieron la cabeza y lo 
contemplaron desde el barranco. Volvieron donde 
estaba Braulio a comunicarle el trágico fin de su 
rival. 

Mientras los peones arreglaban los aperos en 
sus respectivos caballos los jóvenes aprovecharon 
la ocasión para hablar a solas. 

— Braulio, cuanto le agradezco lo que ha hecho 
por mí. 

— Bahl; eso no vale nada. Sin embargo, si te 
hubiera obedecido cuando me pedías que me 
fuese, hoy serías mujer de él. Pero ahora, nadie 
mandará sobre ti más que yo. Serás mi esposa. 

— Braulio, usté merece una mujer más linda, 
más buena y de más luces que esta campuza. 
Soy tan poca cosa.l— balbuceó la joven con timidez. 



134 DOMINGO A. CAILLAVA 

— Te quiero así como eres, con toda tu rudeza. 
Yo sabré hacer de la tosca piedra el bruñido 
diamante. 

Loca de júbilo y agradecimiento, Gabriela se 
apoyó en el cuerpo del joven acercándole la cara 
para que se la besase de nuevo. 

Más tarde, los cuatro, guiados por el baquiano, 
tomaron la senda que los corvducía al exterior, y 
a lenta marcha, por un .sendero lleno de tortuo- 
sidades y bifurcaciones, salieron al campo libre, 
él que veíase hasta larga distancia merced a la 
luz límpida de la luna. 

Gabriela preguntó: 

— ¿Y ahora? 

— Te llevaré a casa del vecino Nicasio Giménez, 
y allí quedarás hasta que nos casemos. 

La joven volvió a agradecer su generoso ofre- 
cimiento con los ojos llenos de lágrimas ; lágrimas 
de alegría, de gratitud, de felicidad. 

Siguieron. 

Braulio, al cruzar aquellos campos por última 
vez, sintió recrudecer en su pecho la indignación 
que, desde su llegada, produjéranle las villanías 
y mezquindades de los habitantes de la vieja es- 
tancia de su padre, cuyo pesado edificio ya apa- 
recía en lo alto de una cuchilla. 

Sus labios no pudieron por menos de apostro- 
farlo : 

— Tierra maldita 1 que sobre tu suelo se consu- 
maron crímenes alevosos y bajas venganzas. 



AGRESTE 


135 


Desde ahora quedas libertada de tus opresores: 
la barbarie y la superstición. Desaparecidas am- 
bas, al ave de rapiña le faltan garras con que 
cometer nuevos delitos. Se acabó para siempre 
el dominio de la malevolencia, del cuatrerismo 
y de la ignorancia.